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Juan Ramón Velázquez. El sacrificio aumenta las ganancias

 

El sacrificio aumenta las ganancias

 

Mi padre llevaba corte militar y siempre estaba repartiendo castigos.  Era un sádico dentro de la casa y un simplón afable fuera de ella.  Hace tiempo vi su cara en la portada de un manual de superación para empresas y sentí gran repulsión al ver aquella sonrisa que yo sabía falsa.

Me contó la historia cuando era muy pequeño, mientras limpiaba su pistola.  «Una vez maté a un hombre. Cuando estaba en la marina, apostado en Shanghái, le disparé a un maldito chino en el abdomen.  Hay demasiados, a fin de cuentas.»  Luego echó una risa contenida y yo sentí por primera vez el dolor que no me ha abandonado hasta ahora: un retorcimiento de las entrañas difícil de expresar con palabras.  Una vez se lo describí a un médico como lo que imagino sentiría si me echaran lava por el tracto digestivo y luego lo tasajearan con un machete.  El médico no me encontró ningún problema y de regreso a casa sólo me esperaba la hostilidad de mi padre por haberlo hecho malgastar su tiempo y dinero.  El pánico que le tenía a mi padre, mezclado con la vergüenza por el dolor inexplicable, es mi recuerdo más claro de la infancia.  El dolor regresaba siempre, por lo menos una vez al mes.  Diría que el miedo era tan insoportable como el dolor mismo, pero estaría exagerando; nada se compara.

Muchas veces sospeché que la única manera en que iba a poder librarme de aquello era matando a mi padre igual que él había matado al chino.  Nunca tuve el valor necesario para llevar a cabo tal empresa.  El miedo hacia él siempre fue más fuerte que cualquier convicción.  Luego el cáncer me quitó a mi padre y cualquier oportunidad.  Aun así, después supe que aquella lejana fantasía ya me había revelado algo esencial: ese dolor fantasma era la penitencia por el crimen de mi padre.  La rueda había dado una vuelta completa y apuntaba hacia mí.  Yo tendría que pagar por él.  Todos los pecados deben ser lavados en una o en varias vidas, nunca se sabe.  La única obligación es que sean lavados del todo.  La expiación mantiene girando a la rueda.  El dolor sana, el sacrificio aumenta las ganancias y multiplica los dones.

Años después, por la época en la que me mudé a la ciudad, conocí al Maestro que me reveló estas Nobles Verdades.  También fue la época en la que me recomendó las formas de penitencia más indicadas para mi caso.  Hay ciertos instrumentos que pueden auxiliar la penitencia de un crimen tan terrible como el homicidio.  El primero es la meditación.  La meditación es el fango del que surge la flor, la base para el funcionamiento de todo lo demás.  Todos mis pensamientos deben estar encaminados a aceptar que mi existencia es un mero pretexto para la expiación del crimen.  Me gusta meditar imaginando.  No me gusta imaginar esa noche como lluviosa.  He tratado de suprimir las imágenes prostibularias, los ideogramas de neón parpadeante y los rufianes.  Me solazo en el disparo, el instante del disparo.  Me gusta revivir el olor a pólvora (que recuerdo de ciertas fiestas), la nube azul expandiéndose desde la máquina caliente, el fogonazo en la boca del cañón.  Poco después el cartucho inútil rebota en el suelo.  Lo imagino cobrizo, contrastando con un suelo de madera cruda, apenas tablas puestas sobre la tierra.  Las manos recias todavía aprietan el gatillo, la bala gira, recorre el aire con su forma de obús diminuto.  De aquel instante surgieron todos los demás.  El caos, el llanto, los gritos, la huida… pueden ser borrosos o definidos, según el humor y el tiempo.  Pero el disparo, el dedo grueso apretando el gatillo…  Ése debe ser el centro de la meditación.  Debo detenerme horas a recrearlo con la mente, de otra manera el dolor aparece de nuevo.

El Maestro me prohibió también efectuar cualquier trabajo remunerado.  Tengo que vivir de la caridad, pero no he sido capaz de cumplir esta orden con la sujeción que debería.  En algún momento sentí la necesidad de dibujar, después de pintar.  Con el tiempo estas obras comenzaron a darme más dinero que la caridad.  No es mucho, pero tengo que vivir lo que me sea permitido.  La única de mis posesiones a las que podría asignarle el nombre de “mueble” es mi cama de clavos; por lo demás, paso mis días en el suelo del cuarto.

La cama de clavos me ha ayudado a alcanzar cierta forma de tranquilidad.  Dejé de bajarle las faldas a las mujeres y gritarles obscenidades a los chinos en los restaurantes de la ciudad.  No ha sido fácil aprender a dominar estos impulsos, pero la cama de clavos es una excelente aliada.  Con el tiempo he podido llegar a sostener sobre ella el peso completo de mi cuerpo con las manos, o pasar semanas enteras durmiendo encima.

El último de los instrumentos que El Maestro me animó a utilizar fue la larga tira de tela de algodón que tengo que hacer pasar a través de todo mi sistema digestivo.  Fue difícil acostumbrar mi cuerpo a evitar los reflejos y tragármela completa, pero puedo decir que he llegado a dominar este aspecto del ejercicio.  Debo realizarlo por lo menos una vez a la semana.  Cuando no está dentro de mi cuerpo la almaceno en un frasco con alcohol para desinfectarla.  Es sólo al entrar y al salir de mi organismo cuando se vuelve difícil, pero una vez adentro, casi puedo sentir cómo purifica mis entrañas.

El camino a la expiación es arduo; el dolor se ha mudado del abdomen a mi mente. Esto ha producido innumerables noches en vela en las que me descubro comiendo a grandes bocados la tira de algodón, tratando de concentrarme en el momento decisivo, y pensando en que mi vida es justa, tal como debe ser.

 

 

 

Juan Ramón Velázquez Mora nació en León en 1989.

 

 

 

 


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