Revista

Eduardo Padilla. La hora del lobo

 

La hora del lobo

 

 

Llevo yo las cuentas. Nunca supe llevar bien las cuentas; fui contratado gracias a esto. Me reclutaron, gastaron tiempo buscando una persona como yo. Ellos decían ser expertos, veteranos al servicio de todo nombre memorable u olvidado; toda figura y toda estatua, toda sombra correspondiente. Donde fuera que la sangre había corrido, ellos la habían ayudado a correr. Sin embargo estaban hartos, querían un nuevo enfoque. Era hora de olvidarse de lealtades y abstracciones, hora de regresar al cero.

“Es hora de quemar amarras.”

“Es hora de no recibir llamadas.”

“Es hora de afeitarse la cara.”

“Es hora de que ya no sea hora.”

Decidí trabajar para ellos. No hay razón, simplemente dan miedo. El terror se les da. Cuando me abordaron, cuando entendí quiénes eran… era como si yo fuera una tachuela y el pulgar de Dios estuviera descendiendo sobre mí. Me dijeron que no me querían matar ni hacer nada malo, solo darme trabajo. Yo no sé matar, les dije. “Así te queremos, inútil.” Bueno. Todas las personas se parecen a un animal o a otro. Yo sé a qué animal me parezco. En la granja, o te ordeñan o te finiquitan. Y si no pones huevos te los quitan. Acepté el trabajo.

En esta organización nadie cumple bien sus deberes, pero esto rara vez lleva a castigo o reprimenda. Siempre y cuando haya acción y un par de cuerpos para fertilizar los campos. Lo demás son sutilezas y en tiempos crueles las sutilezas quedan fuera. Yo soy el anotador oficial; aunque mi trabajo es informal y poco serio. Tomo notas con lápices que se rompen a media frase, notas inofensivas, muy elementales. Mi lugar de trabajo es una cueva de mármol, animada por el brillo del agua dulce y los metales raros. Aquí se guardan siglos de saqueo.

El jefe de la banda parece divertido conmigo. Lo cual me pone tranquilo. Es pura costumbre, pues antes me ponía horriblemente incómodo. El jefe me hace confidencias sobre los detalles curiosos de su labor diaria. Antes esto me causaba una gran ansiedad. Pero el hábito lo es todo. Hoy me hace sentir seguridad. Pertenencia. Que me diga todos los detalles. Casi me siento como su ahijado, o como su hijo lerdo, tullido. Ya no me lo imagino haciéndome algún mal.

Puedo admitir que desde el primer día he sido incompetente en mi labor, y que nunca he podido registrar con exactitud quién ha matado a quién, ni para qué; el libro de deudas y deudores es un amasijo sangriento en mis manos. Así es como lo quieren. Están fastidiados. Es lo nuevo, dicen. Yo no le veo nada de nuevo, más bien creo es un regreso a lo antiguo. A lo muy antiguo. Aunque nada de esto me concierne— sigo vivo, a grandes rasgos, y se me permite andar por ahí… dormitando de pie tras los bastidores. Despierto a ratos; mis ojos vuelan por encima de las ciudades muertas y se estrellan en el ciclorama de la vía láctea.

En realidad, me he adaptado bastante bien.

 

 

 

Eduardo Padilla (Vancouver, 1976) nunca hizo su servicio militar.

 

 

 


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