Revista

Juan José Rodinás. Spot de karate en un jardín donde nada crece

 

Spot de karate en un jardín donde nada crece

 

Me explicaré: soy un hombre estúpido.

No, en realidad, tú eres hombre estúpido.

No, no, en realidad, ése es un hombre estúpido.

En realidad, socialismo, todos somos EL HOMBRE estúpido.

La estupidez se ha vuelto EL HOMBRE.

Bueno, en estas premisas, lo de hombre sobra.

 

Hoy, por ejemplo, giro mi cabeza

(la ventana parece una fotografía en traducción al quichua

en eso de que no entiendo lo que significa,

pero, aún así, parece espléndido)

y miro una avenida donde las secretarias

cantan baladas roman-chic, se decoran las uñas

(una y otra vez y una y otra vez)

hablan por celular,

hablan por hablar,

con un novio con problemas neurológicos.

Una y otra vez.

Es espléndido. Es muy aburrido.

Es espléndido y muy, muy aburrido.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

 

Bueno, un hombre estúpido (usted que es yo) carga cajas,

este loser (yo que soy usted) aquí fotografiado,

camina, se tropieza, se olvida algo,

camina y el tiempo se detiene sobre el granizo que cae

sobre una silla de plástico.

 

¿De plástico?

La realidad es una broma con silla de plástico incluida.

 

Desde luego, hoy me necesito para regalarme,

para ver un tractor amarillo en llamas sobre la carretera.

Imagen idiota, pero necesaria.

Y todavía faltaban de pagar las cuotas.

 

¡Cómo me gustaría gritar palabras que estarán por venir

y cuando lleguen será tarde! Me pongo un saco,

salgo a la calle y miro y la calle me contiene todo

(bonus pack, combo familiar, obras completas)

lo que un día anhelé, pero ya no anhelo.

Hoy es un día donde comenzará de nuevo cierta historia:

yo podría ser este androide llamado X que tiene un automóvil

y se dirige hacia el supermercado y amaría

comprar un paisaje donde sentarse a mirar

un centro de negocios.

 

Ese estilo campestre

de las vacas impresas sobre las etiquetas,

sobre las etiquetas del pasillo 8 de un supermercado

a las tres de la mañana en punto.

 

Según marca mi reloj.

O casi.

 

 

 

Spot del hombre cualquiera en la fila de la oficina de impuestos

 

Estuve una hora mirando cuellos en la fila:

cuellos, cráneos, oficina de impuestos.

Mirando espaldas, cráneos, cuellos.

 

Una cabeza X con traje elegantísimo,

tuvo quizás un sueño vertical:

la tarde bajo lluvia con amigos de la iglesia adventista

miraría el fútbol (América de Quito contra “no hay nadie”)

para que pase el tiempo,

para que al fin suceda el arrebatamiento.

 

Una cabeza X ordenaba

papeles, ex marido, fórmulas para desviar futuro

quizás demasiado perfecto, caotizarlo un poco

(un amante con pectorales planos)

como cuadrícula de tetris o bloques petroleros

sobre una frontera desolada.

 

Estuve mirando a las personas,

mirándolas que abrían y cerraban la boca:

aburridos de que, lo que parece ser, en realidad sí sea.

 

Es claro: en boca cerrada no entran moscas, pero tampoco salen.

 

Estuve mirándome, mirándome mirar

la flor de abulia de hombres y mujeres

-los papeles en mano-

la flor de abulia sobre los escritorios.

Estuve mirando la boca imperativa

-una O gigante-

de un hombre gordo

que se hurgaba los dientes con un palillo plástico.

 

Una hora de aburrimiento, equidad proletaria,

de cuarentones lelos que soñaban un día tener casa

con jardín y estrellas: un jardín para beber café y comer roscas.

 

En rigor, la fila separaba a los que somos nadie

de los que nadie somos, con la premisa

de que algunos lo sabían y otros (como yo)

todavía lo estamos aprendiendo.

 

Hombre gris + mujer gris + humanoide gris

miran el cielo, cantan un tema de telenovela,

y se oye una canción

de animales torturados en una lavadora conceptual.

Miro el cielo de mi vida y es igual a cualquier vida en sobre

(organizada de arriba para abajo,

calculada de izquierda hacia derecha

-y lejana de la estrella roja-

de la oficina de impuestos donde dejo papeles

una vez más,

una vez más,

una vez más,

dejo papeles, una, vez, más).

 

Me siento frente al hombre gordo y dejo unos papeles.

 

Quizás sean los símbolos del balance en contra

de la partida de póker que jugó mi vida.

 

Mi desastre (gerente abstracto de una empresa

donde genética y azar tienen las mejores acciones en la bolsa del tiempo)

no ha tenido siempre las cartas marcadas.

 

Salgo a la calle.

Miro los autos

-no tengo empleo-

y estos pasan como una alegoría de lo que, en realidad,

se niega a suceder.

 

Muchas de las personas salen del edificio

sonriendo. Yo saco un libro y lo leo con vergüenza.

Sospecho que hoy la realidad no supera a la ficción,

sino que la promete: el niño que sale en bicicleta

de la calle contigua sólo formula que una casa vacía

es, en líquido reactivo, un invierno interior:

 

esa fotografía

donde nadie aparece.

 

 

 

Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979) estudió literatura y periodismo en Quito e hizo cursos de traducción en Madrid. Recientemente ha publicado su trabajo en antologías personales extensas, como Los páramos inversos (Popayán, 2014), o breves, como 9 grados de turbulencia interior (Guadalajara, 2014). Formó parte del comité editorial de la revista de poesía Ruido Blanco y fue editor de varios libros bajo ese sello. Ha obtenido algunos reconocimientos como el Premio Internacional de poesía joven La Garúa 2007 y el Premio Festival la Lira 2013. Actualmente, cursa el doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Leeds. Ama el cine de serie B y la ciencia ficción.

 

Imagen: Isaac Díaz de León

 

 

 


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