Revista

Eduardo Padilla. El milagro sin cabeza.

 

El milagro sin cabeza

 

 

Uno se acostumbra a tener cabeza y a tener un nombre. La gente te bautiza metiendo tu cara en un charco. Pero a mi amigo el Mike le pasó al revés. Mientras tuvo cabeza nadie se molestó en darle un nombre. Si alguien quería que se moviera, lo convencían silbando, o con un chasquido de la lengua. O lo amenazaban con un palo.

Mike no era díscolo. No quería hacer olas ni levantar demasiado polvo. Así que obedecía, como mejor podía.

De cualquier forma lo decapitaron. No sé si Mike pensaba que lo iban a perdonar, sólo por ser bueno. Tal vez no fue lo suficientemente bueno. Podría haber hecho un mayor esfuerzo. Podría haber intentado ganarse el afecto de Lloyd. Lloyd fue quien le cortó la cabeza. Pero no se la cortó al perro que vivía en la granja. Mike podría haber intentado ser más como el perro. Igual vivían juntos, al ras del suelo. Eran casi lo mismo. Pero el perro es un cobista, decía mi abuelo. Igual y Mike no quería rebajarse.

Aquel día Mike despertó con jaqueca. Imagina eso: tener dolor de cabeza todo el día y al final del día ya no tener dolor ni cabeza. Dios es así.

Había otros cincuenta como el Mike. Todos pasaron a la tabla, todos cayeron sobre la tierra. Se despidieron de la vida y de sus intrigas, sin saber a quién darle las gracias. Y aunque lo hubieran sabido, sin cabeza no hay lisonja.

Todos cayeron menos Mike. Él se puso a correr. A veces pasa así en las granjas, hay gente que no… hay gente que tarda un rato en entender que ya no tiene cabeza. Es difícil imaginar que pueda haber gente tan indecisa. Pero los hay. Y mientras se deciden, corren.

Lo curioso del Mike es que siguió corriendo. No paraba de correr. Antes de que lo decapitaran, el Mike nunca fue un individuo atlético. Seguía órdenes a paso lento, arrastrando los pies. Lloyd mismo me lo dijo. Ya saben cómo es Lloyd de parco. Creo que cuando vives en el campo es natural ser parco. Se aburrió rápido entonces, de Mike y sus juegos, corriendo sin cabeza por el porche. Ya está bien, dijo, tengo que irme a dormir, así que metió al Mike en una caja y pensó, mañana te veo ya que estés más tranquilo.

Pero a la mañana siguiente el Mike seguía todo excitado. Entonces Lloyd ya no tuvo más opción que admitir que aquel asunto en realidad era extraño. Pero al mismo tiempo no lo era, sabes, pues había que continuar con el día a día. Los asuntos de la granja seguían pendientes. Bueno, Lloyd siempre ha sido un realista. El realista trabaja con lo que le dan. Así que tomó a Mike, lo metió en un costal y se fue al pueblo a hacer sus quehaceres.

La idea de meterse a una cantina a presumir que ahí en el costal tenía a un pobre diablo sin cabeza que seguía creyendo tener cabeza y se rehusaba a irse a dormir fue bastante buena, si lo piensas. Ganó varias apuestas y todo aquel día tomó gratis.

La gente le preguntaba, oye, cómo se llama tu amigo. A Lloyd nunca se le había ocurrido ponerle un nombre, pero la gente quería saber. Mike, se llama Mike. Es el primer nombre que le vino a la cabeza.

Como te digo, Dios es veleidoso, pero no es pendejo. De alguna forma todo embona. Resulta que a Lloyd le estaba yendo mal con la granja. Y aquel día el Mike le había dado buen dinero. Al día siguiente Lloyd estaba cobrando por ver a Mike, el milagro sin cabeza. Y una semana después ya estaban de gira. Lloyd nunca había viajado. En cierta forma, su vida no era demasiado distinta a la del Mike. Pero ahora conocería el Sur en compañía de Mike y de Clara, su mujer, a quien ya le debía un viaje desde hace tiempo.

La pareja sabía que… cuando Dios te quita algo, hay que cerrar la puta boca. Pero cuando te da algo, no hay que vacilar ni un solo momento, hay que dar las gracias hasta que el regalo se acabe. La felicidad tiene muchas formas y si te esperas toda la vida a que aparezca una bonita, te vas a quedar sin baile. Mike era un pobre esperpento, con un muñón por cabeza y un pedazo de esófago colgando como moco de pavo. Era una cosa fea, fea— como culo de monja, decía Clara. Pero lo estimaban. Y lo mantenían vivo como mejor podían, dándole de comer con un cuentagotas que metían por la tráquea después de limpiarle los coágulos con jeringa.

Lloyd sabe cómo tomar las cosas. Cuando Mike no dejaba de correr, Lloyd dijo: ¿qué diablos? Cuando se le ocurrió salir de viaje con él y conocer el mundo, Lloyd dijo: qué diablos, ¿por qué no? Cuando Mike se hizo famoso y mucha gente le escribió a Lloyd para decirle que era un Nazi, Lloyd dijo: ¿qué diablos saben ellos? Y cuando por fin murió, una noche en que a Lloyd y a Clara se les olvidó limpiarle la tráquea, Lloyd de nuevo dijo: qué diablos. Por lo menos viajamos.

Todo esto… todo esto a qué iba… ah sí, el perro de la granja. Ya nadie recuerda su nombre. Pero a Mike, el Milagro sin Cabeza, el que vivió manso toda su vida pero al final se puso terco, porque se le metió una idea en la cabeza y ya no hubo forma de sacársela, sabes, aun sin cabeza ya no hubo forma de sacarle aquella idea de la cabeza. A Mike el necio, a Mike el necio, a Mike el necio, al necio. Al necio todo el mundo lo recuerda.

 

 

 

Eduardo Padilla (Vancouver, 1976) es traductor, jugador compulsivo y autor de esto y aquello.

 

 

 


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