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Juan Ramón Velázquez. Elevación

 

Elevación

 

Le compré a mi Sergio un globo rojo que dejó escapar casi de inmediato. Mi vista se elevó junto con él y lo siguió por el cielo hasta que desapareció. Cuando la bajé de nuevo me encontré con un mundo distinto. Lo veía todo por primera vez, todo era claro: mi matrimonio, mi mujer, mi hijo, esa tarde. Todo se estrechaba en un tejido inobjetable.

            No confesé la claridad que había en mi interior, pero los signos me eran arrojados por doquier. El esmalte de uñas de mi secretaria, o ciertos atardeceres, tenían un efecto poderoso en mí, eran recordatorios de mi tarea. El mundo ya estaba siendo conquistado, poco a poco, en pequeños detalles. La tapa de un frasco, la correa de un reloj. Sin embargo, las cosas tocadas por lo sagrado eran tratadas con la misma familiaridad que las demás. El avance era incontenible, pero sólo yo lo podía ver. A veces me sentía solo, pero confiaba en que sería suficiente mi empeño. No sería el primero que iniciara una labor redentora en medio de la más completa incertidumbre. Después de todo, mi tarea consistía tan sólo en precipitar lo que ya estaba comenzado.

            Empecé con actos suaves, preparativos. Nuevos calcetines, nuevas corbatas y nuevo color de tinta en la correspondencia. Estos gestos no provocaron más que algunas preguntas mal intencionadas. Las personas cercanas ironizaban sobre la extrañeza de mis nuevos hábitos, pero eso era todo. Sabía que la discreción era vital para mi empresa y estaba dispuesto a tolerar lo que fuera en aras de su cumplimiento. Cuando mi fe en la visión se ponía a prueba, bastaba recordar al globo rojo en las alturas para que mis ojos se llenaran de lágrimas. Su forma, imponente y sutil a la vez,  me propulsaba a la vida de todos los días.

            El trabajo no menguaba. Litigios de propiedad, demandas familiares, etcétera. A veces creo que extrañaré todo esto cuando el mundo se colme con el nuevo orden que se me ha encomendado inaugurar.

            Lo que me hacía falta para proceder a la tarea final era una señal inequívoca. La obtuve al ver en televisión el anuncio de un fenómeno astronómico peculiar que podría observarse en todo el hemisferio norte durante un sábado de invierno.

            Decidí abordar a Julieta con la propuesta de unas vacaciones en la URSS. Esto pareció darle nuevos bríos a la relación. “Un lugar exótico”, le dije, a sabiendas de que Disneylandia era el destino de moda en el colegio de Sergio. No tardó en convencerse ante la perspectiva de comprar ropa invernal en los almacenes de moda. Conocer el modo de vida soviético, tan distinto del nuestro, sería una experiencia inolvidable para los tres. Además, Moscú está llena de cosas interesantes. La entusiasmé tanto que al final me pidió considerar dejar a Sergio encargado con alguien y llevar a cabo algo parecido a una segunda luna de miel. “Ahora somos tres en la familia”, le respondí.

            Nos recibió una nevada generosa. Sergio gritó: “¡Mira, papá! ¡Como en las películas!”, señalando hacia el exterior desde la ventanilla del avión.

            Llegamos a un hotel en pleno centro de la ciudad. Descansamos del viaje e hicimos planes para el día siguiente. Le dije a Julieta que quería llevar a Sergio a visitar el mausoleo de Lenin. Sólo nosotros dos. Ella quería ir a ver una exposición en el Museo Pushkin. Propuso que nos encontráramos en el hotel a una hora sensata. Apenas si pude contener la emoción que me provocó anticipar mi apoteosis.

            Al día siguiente nos levantamos tarde. Le dije a Julieta que no se preocupara por nada. Habíamos venido a pasarla bien, ¿no? La despedí con un beso y salí con Sergio tomado de la mano. Mi hijo no paraba de hacer preguntas y yo trataba de responderle en la medida de mis posibilidades. Hasta él pareció sorprenderse de mi paciencia. Pero no podía ser menos, cuando se agazapaba una certeza semejante.

            El atardecer comenzó con una nueva nevada. El manto que dejaba la nieve parecía más puro a la luz de las farolas que se encendían en las calles. Pasé a una licorería para comprar una botella de vodka que guardé para después en el bolsillo de mi abrigo.

            Llegamos al centro de la Plaza Roja. No había mucha gente, sólo unos guardias vigilando el mausoleo. Saqué la botella de vodka y le di un trago. Después la dejé caer de mis manos, como por accidente. Me agaché a recoger un trozo y, en lo que sentí como un solo movimiento continuo, guiado por algo más alto que usted y que yo, se lo clavé en la yugular a Sergio, prolongando la herida a través de todo su cuello. El primer borbotón dejó una línea violenta sobre la nieve y los restos de la botella, coloreados ya por los arreboles del crepúsculo. Estoy seguro de que el tiempo transcurrió en forma distinta mientras empapaba mis manos en su sangre, que se confundía con la que manaba de la herida que me había hecho al ceñir con tanta fuerza el trozo de vidrio. Embadurné mi rostro y elevé un grito de júbilo hacia la luna carmesí, henchida, que se asomaba detrás de las nubes. Había cumplido el ciclo, satisfecho la exigencia. Después tuvieron a bien apresarme, como si importara.

            Me pregunto si usted sabe que la bandera de mi país incluye al color rojo en su configuración. Y la bandera de mi país no es la única, no señor. Poco a poco todos los lugares de la tierra se irán cubriendo con su mandato gracias a la noble acción que han calificado de crimen, producto de la decadencia occidental y otros juicios por el estilo. Qué lástima, porque su bandera es casi toda roja, deberían entender mejor estas cosas. Deberían sentir mejor que nadie el poder que he adquirido. Puedo demostrárselo, si me lo permite. Ahora mismo, mientras usted me ve alzando el meñique de mi mano izquierda, les he impuesto un vuelo concertado a todas las palomas que deambulan en la Place de la Concorde de París. Si agito el índice de mi mano derecha, alguien más ve, con la repentina claridad que yo lo vi, el destino uniforme de este mundo.

 

 

 

Juan Ramón Velázquez Mora nació en León en 1989.

 

 

 


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