Revista

Eduardo Padilla. El triste arte de la fuga

 

El triste arte de la fuga

 

Entender el gusto por la literatura paranoide no es complicado. Basta con que el lector haya nacido en la segunda mitad del siglo 20 para encontrar natural su preferencia por los autores neuróticos. La literatura del 20 (la que se ocupa de la Máquina o de la era mecánica) se va formando desde siglos atrás, desde la obra de Swift tal vez, pero si tuviera uno que escoger un punto de partida para armar una premisa, bien se podría partir desde Poe. Poe inventa el relato neurótico-paranoide, y lo ejecuta desde adentro, apuntando hacia el delirio racionalizado con lucidez y un profundo conocimiento de causa. El arrebato irracional racionalmente armado empieza con él.

Lo curioso de los lectores de Poe, de los más dedicados, aquellos que no abandonan nunca su lectura, es que la mayoría comienzan desde chicos. A los niños les fascina el horror, claro. Supongo que el horror tiene un cierto ingenio subversivo, sobre todo en manos de Poe. En ese sentido, resulta también muy natural que ciertos chicos precoces y de carácter nervioso acudan a Poe desde los 7. El mercado está abierto y todos sabemos que hay peores cosas que ver en la red. No me imagino a muchos padres preocupados por la corrupción de sus hijos si les pillan con un libro de Poe bajo la cama. Más bien los imagino virando hacia la vanidad: tienen un niño que lee literatura clásica por volición propia.

Siguiendo la misma línea, digamos que algunos de estos chicos crecen y conocen a Kafka en la adolescencia. Todo el mundo pasa su adolescencia frente al espejo, pero con un tomo de Kafka en la mano la cosa va agarrando cierto tono enfermizo.

Así pues, un tipo de lector especializado se va formando. El adolescente ya es adulto y se ha hecho un panteón lleno de héroes absurdos y santos deformes. Maupassant, Lautréamont, Bruno Schulz, Gombrowicz, Philip K. Dick, Lovecraft, Ballard (cabe meter a Thomas Ligotti en la lista, de última hora). Los visionarios mórbidos, las luminarias del delirio persecutorio. En aquella gruta hay un rincón reservado para un bicho especial; su imagen emite un fulgor irisado, su fantasma va envuelto en una gabardina parchada con retazos de periódico. Tiene la bioluminiscencia de un pez abismal.

Aquel rincón está dedicado a William S. Burroughs, escritor satírico y decodificador del mundo de la posguerra. Mitógrafo y  experimentador errático. Pistolero literario, depravado asceta de los narcóticos. Homicida accidental no-accidental. Figura trágica de gracia flemática y carne tristona mal puesta sobre los huesos. Practicante fiel del desapego y del humor negro. Hombre invisible en la lista de los más buscados, los demonios siguen sus pasos mientras él va tras la pista de la “palabra viva”, la fuga del infierno público hacia el mundo privado, la fuga del aparato literario por vía del delirio hasta donde la imaginación y el espíritu alcancen a extenderse, más allá de los sueños libertarios que cortan con pinzas el alambre de púas del lenguaje, buscando inundar el cuarto de máquinas, buscando hacerlo saltar por los aires.  Habría que adulterar la maquinaria del lenguaje antes de que nos conduzca una vez más a los hornos. Que la imaginación sexual y la memoria se dilaten hacia la más libre fantasmagoría. Un espectro atrapado en una Polaroid con las manos en la masa, hurgando en los cajones de una habitación de hotel ya demolido en busca de sus últimas palabras.

Nos vemos luego, Bill, allá donde el punto de fuga. Triste canción de cuna cantada en código morse por el parpadeo de una estrella moribunda.

 

 

 


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