Revista

Nadia Escalante. Lo que ella piensa

 

LO QUE ELLA PIENSA

 

Llegó cuando las pantallas de la sala de espera del aeropuerto advertían con letras rojas que el vuelo 2530 procedente de Tijuana se demoraría. Ella se había dado prisa a través de la lluvia  para estacionarse en un buen sitio, llegar a tiempo a la terminal, encontrarse con él, abrazarlo y regresar al automóvil tomados de la mano con una calma que fuera diferente a lo que había sido antes, a las otras calmas que le dejaban un resabio a equivocación y fingimiento. Llegó pasada la hora, pero en lugar de encontrarlo en la sala de espera con un vaso desechable de café y una sonrisa condescendiente, supo del retraso y decidió aferrarse a las letras de las pantallas y a verificar la información en los apresurados viajantes que aparecían detrás de la puerta de cristal, como si ellos pudieran anticipar algo.

            Durante las tres semanas que él estuvo fuera de la ciudad, ella se había empeñado en tener confianza en el futuro, sin saber muy bien a qué se refería con futuro, confianza y tener. Al despertar, en la ducha, durante el desayuno solitario en el departamento, mientras conducía rumbo al trabajo, sucumbía a su propósito: “Vamos a estar bien”. Mientras fumaba un cigarro para rehuir la charla de sobremesa de sus compañeros de oficina: “Vamos a estar bien”. “Vamos a estar bien”, repetía en el embotellamiento a la salida del trabajo. Por las noches intercambiaba con él mensajes con muchos signos de admiración y conversaciones breves, íntimas.

            Detrás de las paredes de cristal aparecían oficinistas con trajes de poliéster y maletín a juego, familias, hombres ensimismados a quienes observaba con detenimiento como si deseara descubrir un patrón oculto que le anunciara algo. Una señal de que todo estaría bien. Recordó la Navidad reciente. Le había regalado una camisa negra que días después se quemó en la secadora y la edición especial del Black Fire, de Andrew Hill. Supersticiosa como era, no dejó pasar la coincidencia entre el título del disco y el infortunio del cuarto de lavado. Cuando se conocieron, platicaron de música y libros, instalándose en Ornette Coleman y Philip Roth como en las coordenadas de un juego donde podían desafiarse, pero no demasiado.

            −Eres la mujer con el mejor gusto musical que he conocido en una fiesta.

            Ella dejó pasar el trasfondo del cumplido y sonrió agradecida, pero respondió:

            −Eso no habla muy bien de las fiestas a las que asistes.

            −Habla bien de ti.

            Ella dio el último trago a su cerveza y le dijo, sin mirarlo a los ojos, que tal vez podría replantearse los cumplidos que hacía o la imagen que tenía de las mujeres en vez de estar buscando el reflejo de sus propios juicios de valor en otra persona. Después lo miró a los ojos y le preguntó si quería otra cerveza.

Ella era editora de una revista de tendencias y escribía en sus ratos libres lo que él llamaba “ensayos narrativos fragmentarios”. Ella opinó que esa era la definición exacta para lo que se fue dando entre ellos: una serie de ensayos narrativos fragmentarios que luchaba contra su propia premisa de fragmento y brevedad, de escenas y anécdotas cuyo sentido unitario sería muy difícil de advertir para el hipotético lector que pretendiera encontrarlo. Ella editaba lo que escribían otros y a veces pensaba que tal vez ella podría escribirlo mejor, pero había dejado de confiar en algo que estaba adentro de ella y en algo que estaba afuera y en la posibilidad de definirlo. Él llevaba la administración de dos pequeños negocios familiares y de vez en cuando producía mezclas con samples de free jazz y afrobeat para sus amigos músicos, y de ninguna manera pensaba que él podría componerlos mejor.

            Cuando se mudaron juntos, su historia se volvió una serie de relatos más estable y predecible. Los fines de semana veían películas en casa, iban por cerveza, atendían mensajes del trabajo o hacían el amor de modo distraído en la atmósfera azul, crepuscular, que duraba hasta que la noche se definía detrás de las persianas. Luego sobrevenía el silencio, alguno de los dos encendía la luz y se encontraban con sus rostros reflejados sobre la pantalla negra, ya apagada, del televisor, con la expresión atónita de los personajes que tropiezan con los cabos sueltos de su propia historia.

Apagó el cigarro en uno de los postes de hierro, pintados de gris, del pasillo que conecta la terminal con la estación del metro. Miró la huella de ceniza, cómo se desdibujaba lo negro y el aura del fuego anterior. Las luces de una camioneta la deslumbraron cuando alzó la vista ante el sonido del motor y las llantas que aceleraban; vio el reflejo de su propio rostro en la ventanilla polarizada: los rizos sobre las mejillas, las ojeras bajo los ojos grandes, confundidos o sólo deslumbrados. Recordó que no hacía mucho, mientras esperaba en la fila del supermercado, leyó en una revista que antes de un desmayo o durante una crisis nerviosa las pupilas de los ojos se dilatan y el rostro palidece, como en los momentos de estrés o alegría inesperada. No podía mirarse otra vez el rostro, pero tenía la certeza de los síntomas que preceden a un ataque de ansiedad como el que había tenido horas antes cuando dos colaboradores cancelaron su participación y otros tres mandaron textos cuyos títulos, decididos de antemano, y cuatro o cinco oraciones contundentes eran lo único que podía ser rescatado.

Fue durante el segundo invierno después de haberse mudado juntos cuando ella comenzó a dudar si era con él la vida, si la silla junto a la mesa de cedro del comedor −extensible, pero ajustada a la versión más pequeña− era el sitio indicado para sus mañanas o para las noches después del tráfico cuando lo encontraba a él en casa, frente al escritorio, con una paz que no sabía si agradecer o envidiar. Un sábado por la mañana ella puso New Skin for the Old Ceremony mientras hacía el desayuno: waffles con cardamomo y canela. “Who in the sunshine?/ Who in the traffic jam?/ Who by rivotril… Who for his greed,/ Who for his hunger,/ And who shall I say is cooking?” No era la primera vez que él se burlaba de sus canciones favoritas, criticando lo predecible de la estructura entre comentarios sobre la supuesta obviedad de las letras. Le preguntaba cómo podía escuchar aquello si, tal como él, era devota de Cecil Taylor, John Coltrane y Albert Ayler: la Santísima Trinidad de su culto compartido. Ella se tardó más de lo habitual en llamarlo al desayuno.

            −A veces siento que no tenemos nada en común −dijo ella mientras servía la mesa.

            −Es probable −respondió él. La provocación pareció divertirle.

            −Qué triste.

            −¿De qué hablas? Nos gusta el jazz. Y parecernos en todo resultaría muy aburrido, ¿no crees?

            −Lo único que tenemos en común son los gustos y las referencias de la gente pretenciosa.

            −Bien, muy bien. Lamento detestar tu música…  A ver, alcánzame la miel, por fa, ¿no?

Estar allí, atenta a los viajantes y las pantallas del aeropuerto, era como llevar el registro de un ritmo oculto para disipar la ansiedad, propiciar la calma necesaria para el entusiasmo y la bienvenida, el abrazo protocolar. Sin distraerse para no descuidar ningún detalle, preparaba los músculos del cuerpo, la sonrisa para él que también estaría dispuesto a encontrarse con ella con una mirada nueva y acercarse a un punto en común para recibirse, el uno al otro, y caminar los dos al mismo paso, así  debería ser el encuentro. Un grupo de jubilados, de uniforme deportivo, procedente de otro vuelo demorado, asomó tras los muros de cristal. Otro grupo de jubilados, sin uniforme, lo recibió con júbilo, verdadero júbilo contante y sonante. Una mujer gorda, pelirroja teñida, aplaudía y abrazaba a los uniformados. Era, sin duda, la que contaría las anécdotas más divertidas en las reuniones semanales del café, la de mejor voz para el karaoke y las burlas amigables, ingeniosas. La espontaneidad, la calidez. ¿Por qué no podía ser ella como esa mujer que ya abrazaba a un hombre bajito y calvo al tiempo que daba instrucciones a otras tres mujeres que la escuchaban muy atentas? Si la escena hubiera sido parte de una película, ella sería una extra desorientada y fuera de lugar por la que el director repetiría la toma. ¿O eran los jubilados, quizá, con su bullicio, los que resultaban fuera de tono en la tensión sostenida de otra película? ¿Un contraste absurdo? O, con suerte, ¿un buen augurio? Lo abrazaría tal como la mujer gorda lo haría. Sí, así.

Alégrate, piensa, alégrate. Cenarían en algún restaurante. Ella no sabe cocinar. Él aprendió cuando se mudaron juntos y mejora con el tiempo: “Hoy no quise complicarme, hice algo sencillo: chuletas con ensalada y puré de papa, una sopa de verduras”, eso es ya para él algo sin dificultad alguna y sucede, en automático, mientras toma cerveza y se distrae con alguna serie. Otros días: aguachile, ceviche y langosta, paella o ciertos guisos chinos cuya promesa vuelve más tolerable para ella enfrentarse al tráfico de la hora pico. Entonces siente que lo ama, se promete hornearle pasteles, panes −aprender a hacerlo− cuando lo mira lavar los platos con las mangas de la camisa de cuadros dobladas cuidadosamente encima de los codos, de manera que el agua −él no ha arreglado la llave y el suelo junto al fregadero se inunda siempre− no las moje. Ella seca el piso mientras le refiere problemas del trabajo. Él le cuenta chismes de su familia, excusas para no visitarlos, se acomoda los rizos detrás de las orejas y se desdobla las mangas para apoyarse en el marco de la puerta. Él cree en la felicidad, comer bien, lavar los platos, acostarse en una cama grande, cambiar las sábanas regularmente, contarse los sueños al despertar, ir juntos cada semana al supermercado por verduras frescas, abarrotes y cerveza. Fumar un cigarro junto a la ventana. Dejarse la barba. Planear las vacaciones. Ella no confía en la felicidad: piensa en una piscina de azulejos violetas y rojos bajo árboles de jacaranda, él flota boca arriba y la llama; ella se tira un clavado y se abrazan, pero el agua huele demasiado a cloro y las flores sobre el agua comienzan a oscurecerse. Él considera que la tristeza es un mal hábito y que ella “mejorará” si no le dan mucha importancia al asunto. Le gusta verla andar por la casa, comiendo una manzana, sonriéndole con la boca llena mientras acomoda los cojines del sofá, el pequeño globo terráqueo y los animalitos de fieltro en el librero. Abre las ventanas. Recoge los libros y las revistas de la mesa y organiza las facturas por pagar. Ella reacomoda el mundo, haciendo cambios delicados y perspicaces en los objetos para que entre más luz y no sea necesario prender la lámpara del rincón donde él suele tomar café, leer un libro.

Ella compra un pay de manzana como los que hornea en sus fantasías. Según las pantallas, el avión ha llegado. Imagina que él aparece entre los muros de cristal. Vislumbra siluetas, estampas borrosas con pantalones de mezclilla y abrigos oscuros, niños de la mano de sus padres, señoras entusiastas, señores entusiastas, parejas de aspecto solemne y peinado impecable. Intenta invocarlo a él y su maleta de veinte kilogramos: algo de ropa, vinos del valle de Guadalupe, vinos californianos, libros para ella. Atenta a los viajeros, sostiene el pay recién comprado. Sabe que está a punto de verlo materializarse frente a ella, de caminar los dos hacia un simbólico punto intermedio y abrazarse. Le horneará algo esa misma semana −mientras averigua cómo, el pay de manzana suplirá el gesto−, algo con salsa de vino tinto, considera, es lo indicado. Con el vino que él traiga. Escucharán la música que él quiera. Pero ahora se abrazarán. Lo abrazará como una mujer feliz, ahora que aparezca. ¿Pero dónde está? Revisa el celular: ningún mensaje. Se habrá quedado sin batería, piensa. Pero ya llegó, está en todas las pantallas.

            Es hora de que él salga y la vea allí, esperándolo. Es hora de que ella lo reciba. Es la prueba que ella necesita, la ordalía de la espera paciente, después serán la tranquilidad y los pasteles, la confianza alegre. Llegará la hora de nadar en la piscina, limpiarla cuando sea necesario, recoger las flores marchitas, disfrutar del sol entre las ramas. Ahora está lista para unir los fragmentos, llenar los espacios en blanco de la historia. Vuelve en sí y se concentra de nuevo en la puerta de cristal: más pasajeros, quizá del mismo vuelo. Gente que no había visto, salida quién sabe de dónde, se acerca a recibirlos, hay abrazos y maletas que cambian de manos. ¿Dónde estará? La puerta de cristal se pierde de vista unos segundos. Ella se acerca para no distraerse de su objetivo como suelen hacer los gatos con precisión instintiva. La puerta está enfrente: hay pasajeros que caminan como si no quisieran terminar el viaje mientras que otros se apresuran por entrar en la ciudad. La puerta está enfrente: nadie. Siluetas borrosas detrás del cristal. Alguien tropieza con ella e intenta tomarla del brazo. Ella se aparta para escrutar mejor las figuras que comienzan otra vez a aparecer. Es el momento crítico de la prueba: verlo y que él la vea. El uno hacia el otro y, después, el resto del guion. Alguien vuelve a tomarla del brazo. Se deshace del contacto con irritación y lo mira.

            −Hola, amor −él sonríe y parece desconcertarse.

            Ella tarda en reconocerlo.

            −Hola −responde con torpeza.

         −Me confundí de puerta al recoger las maletas −le dice como disculpándose por algo que  comienza a insinuarse, una culpa indescifrable−. ¿Llevas mucho tiempo esperando? ¿Cómo estás?

            −Bien.

            Ningún abrazo. Nada de la mujer feliz con las mejores anécdotas. Silencio.

 

 

 

Nadia Escalante. Escribe y toma fotografías. Es autora de Adentro no se abre el silencio (Tierra Adentro, col. La Ceibita #3) y Octubre (Textofilia, 2014). Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Imagen: Thomas Friedrich Schaefer

 

 

 


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