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Li Wei

 

Li Wei

 

Los ilusionistas nunca pasan hambre. Religión, política, comercio— toda ficción necesita de un equipo de técnicos a cargo de los efectos especiales. Si bien hoy la función exacta del artista mercenario sigue a la deriva, el nuevo siglo ofrece al menos un mercado voraz y desregulado para los nuevos manipuladores. Cínicos o creyentes, qué importa si la Capilla Sixtina fuera pintada por un ateo, lo que cuenta es que los ángeles floten y que la geometría cante.

Los ángeles de Li Wei flotan como los de nadie; en sus imágenes no hay chapucería digital de ningún tipo. Pero más allá del ingenio técnico, es interesante observar que los ángeles de Li Wei no son personajes insólitos sino mundanos, notablemente ordinarios. Son los extras que quedaron fuera de la gran épica proletaria por ser demasiado obvios. En este caso el trasunto de ángel, el campeón sobrenatural que rompe las leyes de la materia y las dobla al antojo de su fantasía, es el artista mismo, que aparece de pie a media plaza, flotando encima de un manojo de globos sostenidos por una niñita adorable. La expresión del héroe no es audaz o beatífica. De hecho, no sugiere emoción alguna. Pareciera que al mago le aburre su propia proeza. No hay trompetas celestiales que lo acompañen, ni aplausos retumbando en los abismos… no hay siquiera un burdo redoble. Tampoco hay silencio. Lo que se intuye, el sonido que viene a la mente, es el rumor opaco de personas y autos en el tráfico interminable de ese espacio público que no se inmuta ante el milagro.

 

 

Eduardo Padilla

 

 

 


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