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Antonio Tamez. El tiempo en Japón.

 

El tiempo en Japón

 

El primer contacto consciente que tuve con Japón fue el libro ilustrado de Abel Quezada, Imágenes de Japón que ocupé para una exposición en 6º de primaria. El libro me fascinó porque se trataba de una lección de historia acompañada de dibujos, dos cosas que siempre me ha gustado mezclar. Antes de eso, era consciente a medias de que Japón existía; de que era el país en donde se producía Dragon Ball-Z y los Caballeros del Zodiaco, de que era la tierra de Godzilla y los guerreros samurái y de que las Tortugas Ninja estaban más o menos emparentadas con todo eso. Recuerdo que leí en Imágenes de Japón una historia que me cautivó: el primer reloj que había entrado al país procedía de México; era un reloj de bolsillo de fabricación suiza que el virrey, don Luis de Velasco, enviaba al Shogun en el año 1611.

La anécdota es cierta, aunque no del todo precisa: en 1609 el galeón San Francisco, que cubría la ruta Manila-Acapulco, naufragó hasta las playas de la prefectura de Shizuoka en la costa central del país. Los sobrevivientes, entre ellos el capitán Rodrigo Vivero, fueron atendidos por intercesión de Aijin, (Andrew Williams), intérprete al servicio de Ieyasu Tokugawa, jefe militar del Japón. Tokugawa por su parte estaba interesado en adquirir tecnología naval para realizar viajes transoceánicos. En atención al buen recibimiento de los náufragos del San Francisco,Felipe III nombró al año siguiente a Sebastián Vizcaíno como su embajador para enviar regalos a Tokugawa, entre los que se contaba un pequeño reloj de linterna con mecanismo de cuerda fabricado en Madrid en 1583 por el maestro bruselés Hans Evalo, relojero real. Se conservan dos aparatos gemelos: el primero puede ser apreciado en las vitrinas de la biblioteca del Escorial, el segundo en el monasterio de Kunozan Toshogu en Shizuoka. Un peritaje del Museo Británico avaló en 2003 la originalidad de la pieza. En México, una réplica donada por la alcaldía de Shizuoka puede ser vista en el Museo de las Culturas en la capital del país. Los japoneses han dado a este reloj el nombre: “1581, hecho en España”.

Gracias a las innovadoras carátulas de cuarzo que permiten mayor precisión en la medición del tiempo, hacia los años sesenta la japonesa Seiko se apoderó del mercado del reloj de pulsera. Para los años noventa ya casi todos teníamos un Casio que daba la hora en número digital. Al menos en el Sur tenemos la noción de que lo que viene del futuro suele venir de Japón, incluso las pesadillas del terror nuclear. La metrópoli más grande del planeta dispara plasmas y planos de neón, las animaciones de una realidad alterna que es posible vivir a través del animé, el patchinko y la pornografía. Este es el imperio de la imagen, en donde incluso los propios ideogramas se transfiguran en una narrativa velada para el visitante, compuesta únicamente por signos.

La relación de viaje de la embajada de Sebastián Vizcaíno en Edo abunda en la problemática del código. Los japoneses se mostraron reacios a que el representante español respetara el protocolo, que consistía en descalzarse y sentarse en el piso. Vizcaíno amenazó con irse y los japoneses resolvieron en consejo durante cuatro días. Al final se le recibió de pie y con los zapatos puestos, tres gradas más abajo del Shogun a quien hubo de caminar para entregar los obsequios haciendo tres breves reverencias cada que cambiaba de plataforma, de ida y de regreso. El Japón actual continúa regido por las reglas de etiqueta. En una sociedad en donde un solo homicidio con arma de fuego fue cometido durante todo el 2015, Juan Villoro observa en “Arenas de Japón”, una crónica de viaje: “No descubrí cómo se molestan los japoneses. La cortesía solo se interrumpe para iniciar un protocolo”.

Como la máquina del tiempo que en efecto era, el reloj-linterna de Shizuoka produjo asombro en la corte de Edo. Su utilidad, sin embargo, fue puramente ornamental: Japón aún vivía dentro de otro tiempo. Además de usar el calendario lunar, el horario tradicional japonés constaba de nueve horas divididas del 9 al 4 que se contaban hacia atrás, desde la media noche hasta el amanecer. Los números de las horas del 1 al 3 estaban reservadas al culto budista para sus llamados a la oración. Si bien ya estaba contenido en la caja mecánica fabricada por Hans Evalo, la adopción oficial del tiempo occidental o tiempo moderno tuvo lugar hasta la era Meji. Villoro escribe: “la época Edo (1600 – 1868) [fue] cuando el país estuvo cerrado al exterior. La zona de desconfianza es el periodo Meji (1868 – 1912), cuando los gobernantes japoneses se abrieron al mundo y se dejaron el bigote al estilo europeo.”

Parece haber dos momentos decisivos en el proceso de modernización del Japón. El primero de ellos fue el Bakumatsu, nombre que se le da a los convulsos años finales del período Edo. Comienza en 1854 con el arribo del comodoro Mathew Perry a la bahía de Edo y la firma del consecuente tratado de Kanagwa en donde se aceptan condiciones comerciales con Estados Unidos. Concluye en 1868 con el fin de los Tokugawa. La capital imperial se traslada de Kioto a Edo, que además cambia de nombre por el actual Tokio. En medio estuvo la guerra civil y la sublevación de los clanes; entre quienes deseaban seguir con el sakoku o política de aislamiento y quienes deseaban ingresar en el tiempo moderno. Los bombardeos a puertos japoneses por Estados Unidos y las potencias europeas eran frecuentes. El emperador fue receloso a tomar parte activa en el conflicto; su mayor temor parece haber sido el opio, cuya ruta de comercio tocaba el archipiélago. Así comienza la era Meji en la que un país feudal como el régimen de shogunato, ingresa en la acelerada modernidad industrial.

El segundo de estos momentos clave de la modernidad japonesa tiene lugar a mediados de la era Showa, que es el nombre con el que se conoce al reinado del emperador Hirohito, me refiero a los eventos de Hiroshima y Nagasaki  de 1945. Hasta ahora Japón ha sido el único país tocado por una luz de aniquilamiento de tales proporciones. El resplandor debilitó la figura divina del monarca al permitir que su voz fuera transmitida por radio anunciando la rendición incondicional. Kenzaburo Oé, quien era niño al momento de la transmisión, cuenta que jamás hubiera creído que el emperador tenía voz humana. La bomba atómica creó una sociedad altamente tecnologizada amante de la paz. El escritor Yukio Mishima, reformista del código samurái, protestó contra la pasividad y el consumismo de la sociedad japonesa practicando el seppuku en televisión nacional en noviembre de 1970.

“Viajar al Japón es como nadar en un estanque de agua tibia”, me dijo una amiga estudiante de filología japonesa. No entendí sus palabras a cabalidad hasta viajar al archipiélago y perderme: entendí que como visitante no corría ningún peligro. En su famoso ensayo de 1986, El imperio de los signos, Roland Barthes relaciona el estado de armonía, este reconfortante amortiguamiento del shock, con la distancia lingüística y la condición del visitante:

“La masa susurrante de una lengua desconocida”, dice, “constituye una protección deliciosa, envuelve al extranjero (por poco que el país no le sea hostil) con una película sonora que detiene en sus oídos, todas las alienaciones de la lengua materna; el origen, regional y social de quien la habla, su grado de cultura, de inteligencia, de gusto, la imagen mediante la cual él se constituye como persona y pide reconocimiento. Por esto ¡qué descanso en el extranjero! Allí estoy protegido contra la estupidez, la vulgaridad, la vanidad, la mundanidad, la nacionalidad, la normalidad.”

Si bien esto es válido en términos generales para la figura del viajero, las condiciones de paz social en Japón intensifican esta sensación como si al visitante le bastara con reclinarse y dejarse llevar. “El armonioso exotismo de Japón tiene un efecto tranquilizador”, escribe Juan Villoro, lector de Roland Barthes: “todo está bien sin que entiendas nada. Rodeado de ideogramas, recorres un entorno altamente operativo. La única pieza desajustada eres tú”.

En 1611 los acompañantes de la representación española destacaban este principio de armonía al describir el desembarco en el Edo de los Tokugawa. El cronista Luis Torres de Mendoza describe las calles de Edo durante la procesión de su visita:

Y con mucho concierto se fue a Palacio y las calles por donde se iba, estaban tan limpias y tan aderezadas y con tanto número de gente, hombres, mujeres y niños […] que no se podía pasar; de manera que, sin alargar la pluma, la gente que acudió este día fue más de un millón, y ando corto, porque de propósito lo ordenó así el príncipe para que se viese su grandeza. Y en orden con nosotros, delante y detrás en fila, iban más de cuatro mil soldados de su guardia, con tanta quietud y sosiego, que con haber tan gran número de gente, no se hablaba palabra, ni hubo alboroto más que si no hubiera gente. Solo cuando pasaba el Embajador, se humillaban todos a su usanza.

Los regímenes militares que concebían al archipiélago como un territorio vulnerable expuesto a las amenazas del exterior crearon una sociedad sin otra opción que la disciplina. En el armónico Japón de la actualidad, Juan Villoro se pregunta: “¿Qué tan violento puede ser un país donde la agresión suele ser un privilegio autodestructivo y las fuerzas del orden asumen comportamientos infantiles?”

Para ilustrar su preocupación se refiere a los hikikomori, los jóvenes varones adictos a la soledad y la tecnología, algunos de los cuales pasan a engrosar las estadísticas de uno de los países con las tasas de suicidio más altas del mundo. Las líneas iniciales de “Forward: Kioto”, otro relato de Villoro sobre el país, describen este rasgo nacional con bastante elocuencia: “—Japón es un país sin mal rollo —dijo Naomi: —cuando la gente se harta, no te hace daño: prefiere suicidarse.” En 2010 la cadena norteamericana de noticias VICE realizó un documental sobre el parque de Aokigahara, en las faldas del monte Fuji, a donde cientos de personas acuden a quitarse la vida todos los años. Con la atención recibida, Aokigahara se insertó en los circuitos turísticos milenials. Recientemente, el videoblogger Logan Paul se disculpó públicamente por postear el video de una visita al parque en donde aparecía un cadáver colgado de un árbol: “I didn’t do it for views”, dijo en su defensa. Pese a las políticas de prevención introducidas en Japón desde la recesión económica de los 90, el problema no ha disminuido significativamente.

En el país de los ronines y los kamikazes, Villoro cree ver en los hikikomori un sucedáneo del samurái premoderno. En estos varones aislacionistas reconoce las características descritas en el Hagakure, el código samurái, reformado por el propio Mishima. “En cierta forma”, escribe Villoro: “el hikikomori es un samurái tímido. En el pacífico Japón contemporáneo resulta difícil ejercer el oficio que durante siglos encandiló la mente de los jóvenes vernáculos.” Por otro lado, la actitud de los hikokimori nos podría parecer una actualización del ennui finisecular, o del spleen descrito por Baudelaire; palabras que designan formas de tedio, de agotamiento físico y espiritual, de melancolía experimentadas por individuos que, como el propio Mishima, fueron heridos por la civilización occidental y el tiempo moderno.

Al menos en el campo literario el desarrollo del ennui corre a la par de la línea de tiempo de la modernidad En es París —“Capital del siglo XIX” —, donde el ennui y el spleen recorrían las calles y Baudelaire lo manifestó en su prosa, pero especialmente en su poesía. Como nos lo hace saber Sonia Núñez Puente en un estudio sobre el tema, esta sensación de agotamiento histórico se deja sentir como un mal generalizado a partir de 1815 debido a una tensión en particular. “Es decir”, explica: “a la colisión entre la nueva aceleración del tiempo, producto del futuro mesiánico que las visiones políticas utópicas construyeron, y el largo periodo de calma que siguió.”

El Japón post atómico refleja la imagen de historia estática y de utopía cumplida. En esta lectura, el vacío y el aislacionismo del hkikikomori y su semejanza con el ennui no pueden dejarse de hacer notar como un malestar de la cultura propio de la modernidad.  Sus semejanzas empero, son vastas y su extensivo análisis escapa a los alcances de este trabajo. Su consideración resulta relevante si tomamos en cuenta la analogía de un tiempo moderno que ingresa en Japón a mediados del siglo XIX y que se acelera después de la guerra. El reloj-linterna de Shizuoka, traído al Shogun por el capitán Vizcaíno, fue incapaz de medir el tiempo marcial de los samurái; de estructura lunar, nocturna, invertida y fragmentada, contrastaba con el tiempo solar de los occidentales que solo fue posible leer hasta el final del período Edo. Entonces el reloj-linterna latió a la par de su hermano en El Escorial. Sin embargo, parece ser que el estallido atómico alteró al “tiempo de Shizuoka” y lo adelantó unos diez o veinte años. “Japón emplea el tiempo en forma extrema.”, escribe Villoro, “El paraíso de la quietud y de la prisa.” Narrando su experiencia en el tren bala, señala que semejante denominación solo existe en lenguas extranjeras, puesto que Shinkansen significa en japonés “ferrocarril troncal” y explica: “los japoneses no necesitan recordar que saldrán disparados: lo dan por sentado”. Esta alegoría de un tiempo japonés y un tiempo occidental, de un tiempo moderno y un tiempo con incluso mayor ralentización histórica,  podría ayudar a desarticular la mirada con la que la que occidentales y sureños nos dirigimos a Japón.

 

Antonio Tamez

 

FUENTES:

Barthes Rolland, El imperio de los signos, Mondadori, Madrid, 1991

 

Erashu, Ochiai, Ieyasu koÌ,  no tokei: yonhyakunen o koeta kiseki (El reloj de Ieyasu: cuatrocientos años más allá de un milagro), Heibonsha, Tokio, 2013

 

Núñez Puente, Sonia, “El gran ennui o la Monotonía de lo insifignificante: sexualidad, dispositivo femenino y aburrimiento” en: Espéculo. Revista de estudios literarios.

Universidad Complutense de Madrid, núm. 14, año VI, Junio, 2000

[https://webs.ucm.es/info/especulo/numero14/g_ennui.html]

 

Quezada, Abel, “Imágenes de Japón”,  Joaquín Mortíz, México, 1972

 

Torres de Mendoza, Luis, Colección de documentos inéditos, relativos al descubrimiento conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, p. 123, Tomo VIII, Madrid, 1867

 

Villoro, Juan, “Arenas de Japón” en Letras Libres, 30/11/2009

[http://www.letraslibres.com/mexico/arenas-japon]

 

 

 


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