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Lorena Galván Taboada. La resortitos

 

La resortitos

En aquella mansión, rizada y oro, a mí me daba inseguridad ponerme el traje de baño viejo que me compró mi padre hace 10 años. Realmente yo no quería, pero el buñuelo de piel jengibre insistió.  Momentos antes yo había montado a este hombre, sin poderlo creer. Fue en su cama con forma de jabón, rodeados de rojo espumoso. Él me había tratado de subrayar muchas veces en el pasado, mas no. Ahora sin embargo, todo era diferente porque él tenía dinero y se había hecho más alto. Yo me dejé acostar en su cama, y exprimimos uno a uno el caramelo rosa de los dulces rotos. Sentí que era su niña.

Luego, yo quería afuera a la alberca, (waterpolo con sus sobrinos que eran treintaidós). Ahí fue donde hube de ponerme el traje de baño que me hace parecer maestra de inglés. Penosamente ahí parezco eso, maestra de inglés, pero a la vez me siento extasiada de haber sido atravesada por un tubérculo al que rechacé (por años) y ahora me aceptaba: guácala y nadie, en su King size con cabecera de caoba.

Me estaba sujetando el chicle gorra en la frente cuando todo. Me tomó mi tiempo aceptar que estaban entrando hombres y mujeres a matar en la enorme y lujosa habitación. (Yo en ese momento ya sabía que hay mujeres que pueden ser malas). Entraron asombrerados a balazos y enseguida acorralaron al buñuelo a mi lado. Le gritaban, y él sin decir ni pan, namás oleando la boca de culpable. Yo, claro que recordaba la cal dulce que él subía a cubetadas en aviones, y estaba nerviosa. Todos, hasta los afuera, corrieron: chispas de aceite.

Me dije: “ya estuvo bueno. Ya le hiciste al bastante y tuviste tu chance, pero ahora es de veras y te va a cargar la gota. Sólo te queda actuar bien lento como holograma trabado de videojuego. No te verán, ojalá”. Junto a la oscura televisión estaba la cajita de Golden Verdolaga que yo había traído, la cogí (qué astuta) y la regué toda entre los arbustos al salir. Era una huyente desvaneciéndome lento.

¿A él? Seguro le iba a ir mal. Y yo, tan caramelo que lo veía, quemado sobre la seda roja de su bata flaca. Una cocainómana pena. Yo había sentido que deveras no me iba a echar con los puercos viejos, que sus caricias no me habían tenido asco, y ahora, esto.

Las balas estorbaban en las paredes. De aquella gran mansión yo a nadie conocía, sólo a él pero ya no. Necesitaba salir de aquel lugar situado a media carretera. Me escuché decir “yo, pobre puta pobrita en traje de resortes flojos”, pero en eso, me importó más mi vida y seguí tratando.

Nadie me veía, patética supe. Así en traje de baño busqué mi maleta, que hallé ponchada. La miré: aguada de vacía sin mi ropa. Grité POR QUÉ.

La parentela del buñuelo atrapado, salvada por su dinero, abordaba una camionela con dirección a lejos de ahí. Me acerqué como maestra de inglés, los miré como si fueran árboles de oro y les expliqué que yo no sabía la verdad de su hijo buñuelo, que sólo quería volver a casa. Pero entonces, repentinamente fui vista por los malos, y me inculparon de mover y sangrar las drogas, “que eran de ellos”, balaceaban diciendo.

Apreté la boca.

No me acordaba de las mentas ruedosfóricas que llevaba ni de si las llevaba o sólo las había imaginado.

Dije “qué”.

Lenta y sospechugona me llevó rebotando alguien del brazo. Una chica, violenta morena estráples, me reclamaba desde su cara que yo llevaba unos inciensos en mi maleta.

“Eso ni se fuma” dije digna.

Ella, en negro (pantone 419 cp) me gritaba: ¡Pero conozco a quienes los hacen!

Y ya no pude irme con los ricos, quienes se giraron, sin yo poder terminar de convencerlos que apenas conocía a su hijo el jengibre, el terso, el blanco que suda oro ladrillo.

En fin, me llevaron aquellos malos en negro, y violento me perdieron en una calle sin dejarme un perro. Yo me fui caminando en mi vestido distraído, maldiciendo alto y resignado en inglés. Vaporee entonces mi inglés con acento en el camino sin banqueta, lejos de aquel paraíso masticado. Pensaba a gotas en alguna forma de explicarles a mis padres. Suddenly, una caballada de mozuelos bien vestidos pasó a mi lado. Yo, sin enamorarme de ninguno, supe que fulano, el verdeanaranja, me iba a levantar. Lo hizo con un solo dedo y le dije que sí, no sin tardarme las más tontas horas escribiéndole mi meil. Al final, algo bueno había salido de todo esto, pensaba yo.

Esperaba poder dejar atrás ese pasado como la humillada entre el derrumbe malteado de jengibre esmith. Esperaba poder ponerme la máscara moscara muerta que guardo en el clóset y alejar así a quienes acaso me buscaran. Esperaba muchas cosas, pero lo primero era que iba a contestarle el teléfono a este caballo con chaleco que me veía inocente en mi vestido de niña, nadie volvería a ver aquel traje de baño aguado. Un nuevo amanecer.

 

 

 


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