Ánuar Zúñiga. Paraíso pixel, paraíso perdido

 

Paraíso pixel, paraíso perdido

 

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En 1989 soy el soldado azul de Contra y tengo un rifle que dispara ráfagas expansivas.

Álvaro y yo no nos conocemos todavía, pero nos conoceremos en una de nuestras 30 vidas. Nos emborracharemos juntos escuchando a Bowie, entonces la misión será conseguir un taxi en medio del aguacero, juntar monedas para completar la propina o encontrar un puesto de tacos abierto a las 4 de la mañana.

 

En 2021 soy el soldado azul de una agencia de publicidad y tengo deadlines que disparan ataques de pánico.

 

Sabemos que estamos en survival mode porque no hay botón de pausa y el juego sigue con o sin nosotros. Lo sabemos porque no hay posibilidad de reiniciar la partida y solo nos queda aguantar a diario las 8 horas.

 

En 1989 somos un cyborg o el último cazador de la dinastía Belmont. Lo que importa es no gastar el último CONTINUE, dejar que nuestros hermanos jueguen con un control desconectado.

Si vencemos al dragón, tal vez no tengamos que preocuparnos por pagar la renta, si encontramos la cura para la plaga zombie, tal vez nos perdonen el deducible del seguro, tal vez nos regalen una vida extra donde no tengamos que mordernos las uñas esperando la quincena, donde no tengamos los dientes manchados de alquitrán.

 

Si pulsamos A y B al mismo tiempo, tal vez nos den la llave de una casa en Paraíso Pixel y podamos dedicarnos a cultivar flores de fuego, hongos que nos hagan más grandes o nos den una vida extra.

 

 

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