Consuelo Ortega. Reseña de «El ganador del premio del centro de estudios interplanetarios»

 

El ganador del premio del centro de estudios interplanetarios de Sergio Ernesto Ríos, Periferia de Escribidores Forasteros, 2019.

 

Auparse en El ganador del premio del centro de estudios interplanetarios es subirse a una nave espacial sin permiso para transitar por las calles oscuras de la vía láctea, conducida por un capitán que gusta de observar las estrellas por la ventana en lugar de mirar al frente. Desde el mismísimo título uno podría percibir que se trata de una obra bañada en vanidad por hacer referencia al ganador; a posteriori, uno entiende lo bien fundamentado de la osadía al terminar de digerir las 28 páginas que lo componen. Después de abrir el ejemplar y ver la primera ilustración nos llega una imagen que promete un viaje a través de ideas que se van hilando o deshilando entre letras y palabras que se meten líneas de polvo de estrella.

Sergio Ernesto enciende la astronave que no pretende nada y deja que el lector haga la evocación que mejor le convenga o la que mejor pueda entender de sus letras. Estar sentado frente a este libro es toda una batalla de comprensión e imaginación. Yo no podría definirlo como un libro fácil o que te transporte a recuerdos lúcidos de unos años atrás, más bien es un viaje que podría acompañarse de algún estupefaciente legal o no, y que gusta de llevarte a recuerdos que tal vez nunca han ocurrido o están por aparecer.

Al leerlo puedes crear la imagen mental de un poenauta escribiendo de cabeza ingrávido mientras mira a unos terrenales transitar, pasar, saludar de mano y seguir con sus vidas como si de eso se tratase el existir. El texto nos invita en cada línea a montar escenarios para situaciones no tan cotidianas que pueden ser equiparables/equidistantes a la vida terrenal. Sergio dice: “tus ojos para romper en caso de incendio” y abre espacio para sentir un “Malmequieres” y caer de bruces en la dicotomía que plantea la visión de cada ojo que describe. Así es la sucesión de ideas en sus poemas y planteamientos.

A nuestro autor se le describe como un “poeta experimental” que juega con las palabras. Yo lo percibo como alguien que gusta de hacerlas a su antojo como si invitara a la RAE a expandirse o implosionar; viene a romper con un lenguaje poético habitual y nos abre la puerta a un nuevo entendimiento donde cabe la complejidad a la cual puede ser llevado el constructo llamado poema.

No puedes leer el texto de una sentada y pensar que has cumplido el objetivo de llenar el librero con logros de papel que te agencian seso o un atavío intelectualoide. Para leer este libro recomiendo poner la cafetera bien cargada, un fondo musical bajo y sin letra, colocar dos gotas de hipromelosa en cada ojo y hacerte a la idea de que regresarás una y otra vez al mismo poema, y que cada vuelta te va a contar algo diferente mientras más lo lleves a su fin último (sea cual sea).

Cabe mencionar que uno de los deleites de la obra es la articulación tan rica que se hace con el ritmo y el uso sutil de la repetición, lo que da coherencia a los “robots jugando a la epilepsia” y a la invitación a “conocer a tu enemigo”.

Por si alguien se lo pregunta, sí, sí vale la pena hacerle un espacio en los ojos y en el librero.

 

 

Consuelo Ortega

 

 

 

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