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Daniel Rojas Pachas. Una lectura a Rorschach de Alan Vargas

This city is afraid of me. I have seen its true face: una lectura a Rorschach de Alan Vargas por Daniel Rojas Pachas

 

Walter Kovacs, mejor conocido como Rorschach, guarda como personaje un germen intertextual y de reescritura implícito. Alan Moore y Dave Gibbons lo crearon para reemplazar a Question, vigilante creado por Steve Ditko para la empresa Charlton, la cual fue adquirida por DC en los ochenta. Cuando los ejecutivos de Detective Comics se enteraron de los planes de Moore, le impidieron usar a Question a su antojo, pues el británico tenía pensado mostrar la faceta sociópata y fascista de los encapuchados, poner en tensión el concepto de heroicidad y mostrarnos que bajo los ideales de justicia subyace un elemento de totalitarismo; para colmo terminaría por liquidar al recién adquirido trademark al final de su miniserie.

Tomando en cuenta estos elementos, quiero iniciar mi lectura de Rorschach, texto híbrido o agenérico de Alan Vargas. El libro no consigna a un autor, sino a un aplicador, pues Vargas aparece sindicado como el psicoanalista de Walter Kovacs, o sea tomando el lugar del Doctor Malcom Long en el capítulo “El abismo devuelve la mirada” de Watchmen.

Algunos lectores podrán pensar en la autoficción o en las variaciones que puede haber en torno a la autofiguración y los límites entre autor y personaje o autor y sujeto de la enunciación. Yo creo más bien que Vargas es un buen lector de Moore, por eso busca seguirle el juego al escritor de La Broma Asesina y aplica las técnicas que el buen Alan Moore utiliza para desafiar los límites autoimpuestos por el cómic norteamericano. Vargas transgrede las convenciones del género poético, del yo lírico y del diseño textual y se introduce en el texto como en un relato de Calvino o Borges y cumple el rol de interlocutor de su hablante, dejándose arrastrar al abismo.

Este primer rasgo, que en teoría conocemos como metalepsis (ruptura de los niveles de representación de la realidad en un texto), Moore lo utiliza en Watchmen a través del “Relato del navío negro”, un cómic dentro del cómic. Este juego de mise en abyme será un primer vaso comunicante entre Watchmen y el libro de Vargas, sin embargo, hay un segundo nexo más importante y evidente, el cual ya mencioné al inicio de este texto, la reescritura y apropiación de un personaje. Moore toma a Question como base para su engendro, mientras que Vargas toma al engendro de Moore, su historia y voz, su psique y conflicto, para recrear al personaje e interpelar a nuestra época.

Rorschach vuelve a escena treinta y dos años después de la publicación de lo que ha sido llamado por la crítica, una de las diez mejores obras, sino la mejor obra del comic book americano.

Rorschach habla en pleno siglo XXI, en un mundo que se debate entre lo políticamente correcto y la hipocresía. Es imposible al leer el libro de Vargas y confrontar el soliloquio fundamentalista, xenofóbico, misógino y conservador de Kovacs, no pensar en cómo este sujeto vería a los veganos recalcitrantes, a los pet friendly, a los eco friendly, a los próvida, a los sin popote por favor, a los pro aborto, a los anti aborto, a los que llaman feminazis a las mujeres, a los que llaman hijos a sus gatos, a los que promueven luchas en causas.org para cambiar los finales de Star Wars, a los poetas y su autobombo y a las activistas rusas que arrojan cloro a la ingle de hombres que viajan en el metro, sentados con las piernas abiertas. Rorschach es un fascista, Batman es un fascista, Travis Bickle es un fascista, Harry el sucio es un fascista, Punisher es un fascista, Judge Dredd es un fascista, los vigilantes son fascistas, se toman la ley en sus manos y hacen el trabajo sucio que otros no se atreven a realizar, creen en dogmas recalcitrantes, ostentan una ética inamovible, promueven la razón de estado[1] y su ideal de sociedad  castiga y deshecha a los desviados, porque para proteger a las ovejas de los lobos, se necesita a otro lobo.

La pregunta de fondo que el libro de Vargas pone sobre la mesa, es qué puede llevarnos a empatizar con el discurso de un personaje que se balancea a pasos del horror; en el caso de Rorschach me atrevo a señalar que no es sólo un traje cool y frases demoledoras, es sobre todo ese conflicto que plantea Nietzsche cuando nos advierte sobre aquellos que combaten a los monstruos y el abismo inminente. El asunto no es tan simple como parece, en un mundo lleno de defensores de los derechos de otros, cuyas actuaciones quedan en muchos casos, sólo en un remoto like o mera palabrería, Rorschach se erige como un motor imparable. Podemos pensar en su reacción frente al comportamiento de los vecinos de Kitty Genovese; casi cuarenta personas escucharon sus gritos mientras era violada y asesinada en la puerta de su apartamento y nadie hizo algo. Kovacs dice: “descubrí cómo era la gente, detrás de excusas, detrás de autoengaños”. Rorschach no transa sus valores, ni siquiera de cara al Armagedón.

Vargas ingresa a la compleja mente de este personaje, lo cual permite a un lector atento de Moore y de Watchmen, dialogar con las referencias sutiles al cómic y al origen del personaje: el efecto espectador o síndrome Genovese que motiva a Kovacs a convertirse en un vigilante, su madre prostituta, su infancia miserable, los bullies que el joven pelirrojo apalea en un callejón, la confección de su máscara y el punto sin retorno, que lo lleva a convertirse en juez y verdugo. Un hombre descuartiza a una niña y da de comer los trozos a sus perros, sujeto y animales son mutilados por Rorschach, dejando a Kovacs morir del todo.

Todos esos momentos, el texto de Vargas los arroja como flashes, pequeñas cápsulas de memoria filtrándose en un discurrir verborréico que también deja de manifiesto ciertos lugares comunes del utilitarismo y sentir patrio de los Estados Unidos y su cultura de otro día, otro dólar.

Lo interesante de Rorschach, y allí radica el genio creativo de Moore, es que no quiere mostrarnos al típico boy scout maniqueista como Superman, inclinado hacia el impoluto blanco. Rorschach es un mal necesario en las cloacas y su cruzada es un espejo deforme de la frialdad molecular del Dr Manhattan, un dios entre hormigas o la búsqueda utópica de Ozymandias y su mecanismo para cortar el nudo gordiano que aqueja a la humanidad: sacrificar a millones para salvar a billones.

Rorschach encarna la feroz simetría que anida en nuestras sociedades distópicas, pues “no puedes hacer un omelette sin romper algunos huevos”. Vargas con inteligencia nos obliga a confrontar al potencial fascista que todos llevamos dentro, ese ser implosivo que emerge indignado y ultra conservador cuando nos vemos cara a cara con el mal absoluto que aplasta toda vía diplomática, utopía de flores y reconciliación.

Hasta el sujeto más equilibrado y tolerante, se ha visto en la situación de exigir orden y justicia a cualquier precio y ha agredido a otro al menos a nivel simbólico o verbal. El libro de Alan Vargas nos pone de cara frente a cuatro cavidades en las que observamos la perversidad y la depravación y nos lleva a preguntarnos por la esencia de los discursos extremos, y esas ideologías y gobiernos que surgen en nuestro continente, sin ir más lejos, y ponen en el poder a tipos que prometen restablecer los viejos valores y someter a los criminales a como de lugar. Frente a los relativismos y la postverdad que anula todo asidero, surge para muchos ciudadanos una especie de faro de cordura en sujetos que apelan a lo primal, neoconservadores que saben qué botones oprimir para estimular ese pequeño fascismo que todos tenemos, aunque queramos taparlo con consignas y pegatinas de autoayuda y buena onda.

Me refiero a esa parte básica que grita estoy harto de ser la víctima, de ser un postergado, de no tener trabajo o un lugar por culpa del que está al lado, quiero una reivindicación. Rorschach es en última instancia un veterano desencantado con el mundo que devino tras las promesas fallidas del sueño americano, es también un sujeto como el Gary Cooper que añora Tony Soprano, ese que no está en contacto con sus sentimientos y sólo hace lo que debe hacerse, lo cual nos lleva al viejo problema, sintetizado en la locución latina de Juvenal: ¿quién vigila a los vigilantes?

[1] “Cuando se trata de la salvación de la patria, hay que olvidarse de la justicia o de la injusticia, de la piedad o de la crueldad, de la alabanza o del oprobio y, dejando de lado toda consideración ulterior, es necesario salvar a la patria, con gloria o con imaginación.” (Maquiavelo, “Discursos sobre la primera década de Tito Livio” 105). Respecto a Batman, José Ramón Narváez Hernández nos señala: “Batman es capaz de resistir esta persecución porque conoce el mal, porque lo mueve la venganza y por tanto es el más apto para decidir cuándo utilizar la violencia a favor de ciudad Gótica, es el lado obscuro de la justicia, la razón de Estado que necesita del estado de excepción para poder obrar con rapidez y eficacia” (Narváez, “Razón de estado y razón de justicia”).

 

 

 


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