Dolce Stil Mostro – Monserrat Acuña

Flying pigs

 

Dentro de la cama acostados desnudos en su habitación a lado de la ventana y el aire corriendo a pesar del calor. A la derecha la ciudad a la izquierda su cuerpo. Posición que coincide con él geográfica y políticamente. Parpadeo. ¿Qué harías si los cerdos volaran? Esgrime la pregunta. Un interés que no logro descifrar falso. ¿Qué harías? Ahora ya serio. Lo recorro con los ojos. Miro otra vez la ventana. Pienso en un cerdo volador, con las nalguitas sonrosadas (me detengo otro minuto a examinar su cuerpo) y las alas. ¿Cómo serían las alas? pregunto mostrando mi fino uso de la argumentación. Silencio. Tiene un gesto muy particular cuando analiza seriamente una respuesta ordenando las ideas en una compleja red lógica. Un gesto muy particular en esta ocasión no practicado. Contesta: hay una escena de los Simpsons en donde salen unos cerdos voladores, es lo único que puedo pensar ahora. Yo no entiendo a los hombres, pero me gusta el sexo. Me quedo esperando el desarrollo, qué comentario. Preocupación repentina en la porcicultura. Ya, en serio, qué pensarías. Insiste se gira y pone su mano sobre mi cadera. Pienso deberíamos ocuparnos de estas cuestiones (con mi mano sobre su muslo) en vez de intentar resolver preguntas. Y en un movimiento sutil pero rápido me coloco sobre su cuerpo. Ahora está abajo. Posición que coincide con cierta carga simbólica del patriarcado. Con un poco de lujuria, me coloco como un parásito. Demodex follicolorum. Él reflexivo esperando cuántas certidumbres. Con la artiodáctila entre mis piernas. Después de venirme repetidamente en ausencia de romanticismo. Con su hocico comparativamente largo me visita la imagen de los cerdos voladores. Pienso es su culpa, pero vuelvo. Qué cosas haríamos si volaran. Sus scrofa domestica ¿Volans? Borrar mi consanguínea angustia. Los cerdos desarrollan complejas estructuras sociales. Qué nos darían. Flying pigs. Grandes religiones, carne de mi dolorido pecho, curar el cáncer en Nairobi, qué Guerrero, cuánto Manchester, derechos de lo intra intra hogar. Se queda dormido. Yo sin parar de pensar, sollozos ungulados. Piara. Las manitas sangrantes de los niños. Verracos. Corea del norte. La clase trabajadora norteamericana. Chanchos. Siria. Siria. Algún lado.

 

 

El mar

 

Un patrón de líneas horizontales color rojo y amarillo

con el rostro de Mickey Mouse impreso en el centro

era el diseño de mi traje de baño

aquel día que usé por primera vez un bikini

 

Sentía la tela restregándose contra mí

la arena que se colaba por los huecos de la parte inferior

mi cabello goteando agua salada sobre mis mejillas

 

casi nadie le presta atención a una niña de diez años

pero yo no podía parar de imaginar

las miradas juiciosas sobre mi estómago

por primera vez visible  a causa de las dos diminutas piezas

sensación que había conocido antes

gracias a los comentarios

de la tía que suele  repetirme en las reuniones familiares

A ti sí que te gusta comer.

 

A mi lado, mi madre hojeaba una revista de moda.

Guardiana tras sus lentes de sol,

yo le pregunté por qué se ponía traje de baño

si nunca se quitaba el vestido para meterse a nadar.

 

La primera vez que usé un bikini

fue también la primera vez

que mi perra Tonka conoció el mar.

 

Ella corría por la arena

tentaba al océano acercándose

cuando se formaba la cresta

huía en el segundo exacto

en que las olas rompían en la costa.

 

En algún momento me animé

a abandonar la toalla bajo la que me escondía

y fui a jugar junto a ella.

En el trayecto vi a un señor oculto detrás de un árbol

ansiosamente se hurgaba en el bolsillo de su traje.

 

Casi nadie le presta atención a una niña de diez años

pero en el encuentro de miradas

el señor me sonrío con algo

que me causó miedo

y que después supe lleva el nombre de lujuria.

 

Regresé de inmediato junto a mi madre

avergonzada, me escondí nuevamente bajo el pedazo de tela.

A lo lejos la perrita continuaba divirtiéndose.

 

Al final del día mi madre me explicó

que los perros cambian cuando conocen el mar.

Por eso sólo hay que traerlos una vez.

 

Nos marchamos cuando se puso el sol

la vi satisfecha,

mientras le limpiaba a la perra un poquito de arena

en su oreja izquierda.

 

Esa visita al mar nos cambió a ambas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.