Eduardo Padilla. Motel

 

Motel

 

Olvidaste comprar el café y no hay una buena razón. No fue una distracción de tu parte pues tomaste nota mental dos días antes. Puedes olvidar muchas cosas, pero nunca has olvidado comprar el café que necesitas para ir al trabajo. La tarde anterior debiste haberlo comprado. Es verdad que caminaste hacia allá y te detuviste a medio camino. Venden el café que te gusta a sólo cinco minutos de casa, cinco minutos a pie. No hay excusa. No puedo imaginar qué habrás pensado que te hizo parar y dar media vuelta. Este tipo de conducta se ve mal en ti.

Manejando por la autopista, no pareces estar particularmente molesto contigo mismo. Eres duro cuando olvidas algo importante. Te castigas durante horas, como es debido. Hoy no. Te dices que no ha sido un error, que no has olvidado nada. Deliberadamente evitas pensar demasiado en el problema. Si alguien te cuestionara, no podrías improvisar una buena coartada. Comprarás un café en el camino. Eso es todo lo que has ofrecido en tu defensa. No te reconozco. Normalmente, con un error como éste, ya estarías tensando la mandíbula. Tus ojos darían aviso de un sufrimiento diligente, un breve tribunal montado en algún intersticio. Tu mirada, sin embargo, está limpia. Conduces bien, a buen ritmo. Dejas que el sedán con las intermitentes tome tu carril, cosa rara en ti. Ni siquiera buscas, ansioso, algún lugar para comprar el café que, curiosamente, pareces ya no necesitar. Creo que sabes bien dónde vas a comprarlo. Tal vez lo supiste desde un principio. Si no te conociera mejor, podría pensar que hay en ti un aire de aventura esta mañana.

Sin prisa te vas cargando a la derecha. Sin prisa porque sabes lo que haces y anticipas la salida. Hay un motel camino al trabajo. Hay, claro, varias decenas de moteles, pero tú sabes en cuál de todos debes parar. Lo has visto cientos de veces. Durante mucho tiempo lo viste sin verlo. Pero de un año acá pareces ponerle atención cada vez que pasas. Sin razón aparente. No se trata de un motel extraordinario, en cuanto a color y forma. Es, en realidad, un buen motel, por ser idéntico a los demás, y saber bien que no tiene ninguna utilidad o sentido ser distinto. Y tú sabes apreciar eso. Pero tu mirada se te va de las manos cuando pasas. Nunca has estado ahí y nunca planeaste estarlo. Hasta hoy.

Cuando llegas compruebas que en efecto no tiene nada de especial. De cerca incluso parece aún menos notable. Su descoloramiento sugiere un cierto abandono, pero eso no tiene nada de raro hoy en día. Hay, como bien calculaste, una máquina de café instantáneo adosada a un muro. Y tú, que siempre miraste con desprecio a los bebedores de café instantáneo, te dispones ahora a estacionar tu auto e insertar una moneda en la máquina. Pero notas algo. Mejor dicho, crees notar algo. Es algo sutil.

¿Realmente están mal trazadas las líneas blancas del estacionamiento?

No soy yo el único que ha observado las pequeñas grietas en tu persona. Pero tampoco voy a juzgarte por ser, acaso, demasiado exigente a la hora de observar el orden de los objetos de este mundo. No es ninguna tara excepcional, hoy en día. Hay millones como tú.

Tal vez, sí, es cierto, las líneas del estacionamiento están mal puestas. Pero no están mal hechas. No están chuecas o mal pintadas. Es sólo… sí, hay una desagradable asimetría en su acomodo. Desagradable e impráctica. Sin embargo… ¿esto a ti te causa placer? Estoy de acuerdo contigo. Es bastante absurdo que algo así te cause algo parecido al placer, cuando normalmente te causaría náusea.

A veces siento que no te conozco. Hoy, por ejemplo. Vas a llegar tarde al trabajo. No te has desviado mucho, es verdad que el motel queda de paso. ¿Qué haces, entonces, parado frente a esa puerta? La máquina está a unos cuantos pasos. Pero te has detenido afuera de este cuarto. No hay un auto estacionado afuera. No hay ningún auto más que el tuyo. Inserta la moneda y retoma tu curso. A menos de que quieras tocar en la puerta. Es eso. Ya entiendo. Quieres tocar la puerta.

La puerta está ligeramente entreabierta. La mucama olvidó cerrarla. ¿No? La mucama está adentro, entonces. No. La puerta está ligeramente entreabierta. Vas a tocar la puerta. Te desconozco. Pero no voy a detenerte.

Lo sabía. No hay nadie adentro y todo parece estar bien. No hay nada extraño. No entiendo entonces por qué sigues aquí. Te sientas al filo de la cama y miras el televisor sin encenderlo. Hay alguien ahí adentro. Obviamente se trata de ti, es sólo tu reflejo. No sé por qué sigues viéndolo. Es como si esperaras que fuera algo más.

Lo que ahora tienes en tus manos es lo mismo que puedes tener en cualquier otro cuarto de motel. Son las instrucciones enmicadas que te dicen cómo abrir el minibar y cómo encender el aire acondicionado. Las estudias como si nunca… como si fuera el primer texto enmicado que ves en tu vida. Me haces recordar algo. Te recuerdo de chico, nos conocemos desde siempre… te recuerdo cuando tenías cinco. A veces, cuando tomas, dices que fuiste feliz a los cinco. Que ni antes ni después. Y recuerdo… que cuando cumpliste cinco no había dinero para comprarte un regalo. Así que tu tía se inventó un mapa del tesoro con pistas y acertijos. Y todo sucedía dentro de la casa de tus abuelos, donde vivías. Era un caserón inmenso, o al menos eso parecía a los cinco. Y cada pista, cada hallazgo facilitado por el mapa, conducía a un nuevo hallazgo. Al final no había nada importante. Una bolsita con dulces. Una baratija, si lo piensas, pero para ti era un asunto extraordinario. De ahí en adelante, todo ha sido una decepción. Eso dices cuando tomas.

Te veo mirar la hoja enmicada, te veo perdido en su contemplación, y recuerdo la mirada que tenías cuando cumpliste cinco. ¿O tal vez fue cuando cumpliste seis?

Por fin dejas la hoja en su lugar. Seguro irás al trabajo. No. Enciendes el televisor.

Pornografía. Tiene sentido que un televisor de motel ofrezca, por default, pornografía. A ti ya ni te gusta. Te gustaba mucho hace unos años. Pero comenzó a aburrirte, primero. Luego a disgustarte. Pero ahora no le quitas los ojos de encima. Es esa misma mirada. Estás viendo la hoja enmicada. Estás viendo la bolsa con dulces. Estás viendo pornografía. Podría jurar que no estás viendo el televisor, sino… a través del televisor.  Es una impresión extraña, pero no me puedes culpar. No si te comportas así.

De golpe te pones de pie. Por fin. Al trabajo. Te detienes afuera de la habitación. Volteas hacia arriba, buscando el anuncio luminoso del motel. A esta hora estará apagado. No lo está. No dice motel por ningún lado. Dice un nombre. Un nombre que nunca habías oído.

Te subes al auto. Te olvidas de comprar café.

Ahora conduces al trabajo. Conduces bien. Todo bien, entonces. Por qué, si todo está bien, te detienes afuera de este lugar. Ya vas tarde. No sé que puedas querer tú de un lugar como éste. Además, tú bien sabes que no es tan fácil. Comprar un arma no es tan fácil. Hay que esperar semanas y llenar muchos papeles. Pedir muchos permisos. Sé que una persona como tú tiene la paciencia. Pero no sé para qué.

No es como si fueras a hacer algo. No me hagas reír. ¿Tú? ¿Hacer algo?

¿Por fin?

¿Después de todo este tiempo?

¿Por qué ahora? No lo entiendo.

Ni siquiera te veo renunciando. No digo que sea imposible. Tal vez me sorprendas y renuncies. Anda. Renuncia hoy. Sorpréndeme. Renuncia ahora mismo. Ahí está su oficina. Sólo renuncia y listo. Encontrarás otro empleo. Hay millones de empleos.

No.

Te sientas en tu lugar. Actúas como si nada. Como si lo del motel no hubiera pasado. Como si no hubieras ya comprado un arma y estuvieras esperando a que el permiso te fuera concedido. Yo te doy permiso para renunciar ahora mismo, pero tú no lo quieres. Quieres esperar. Siempre. Siempre quieres esperar.

Ya ni siquiera me escuchas. Te estoy hablando y tú ya no me escuchas.

Conozco esa mirada. La he visto antes. Muy bien.

Haz lo que quieras.

 

 

 

Eduardo Padilla (1976). Autor de varias cosas.

Imagen: Gregory Crewdson

 

 

 

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