Revista

Eduardo Padilla. Walkman/Primer Golpe

 

Walkman

 

Mi mejor amigo fue un SONY WALKMAN. Lo cargaba a todas partes: a la escuela, a la Iglesia, al psicólogo infantil. Nunca salía sin mis baterías de repuesto. En inviernos y en veranos mi padre me pagaba un boleto de avión para que yo visitara a mi madre en cualquier parte del continente donde el azar la hubiera puesto. Cualquier otro se hubiera quejado de las horas muertas en los aeropuertos, sentado en un rincón, esperando a que el ejecutivo de la aerolínea me condujera al avión de la mano. Para mí, esas horas muertas eran lo que los gringos llaman quality time.

A los 18, la idea de caminar por la calle con los audífonos puestos me resultaba penosa. Hoy todo el mundo lo hace; han evolucionado esas cosas. Pero los míos eran estorbosos, nada estéticos. Me veía yo como el boceto descartado de un futuro aberrante. Pero era necesario mutar. Fui un pionero. Y los pioneros son feos como trogloditas.

Si uno quiere ser libre debe resignarse a ser ridículo. Hagamos la prueba. ¿Cuál es la calle más transitada? Allá en el centro, donde pasan las chicas hermosas. ¡Vayamos a hora pico! Sentí la excitación que debió sentir Oppenheimer antes de estrenar la Bomba.

Escogí el ATOMIZER de Big Black. Kerosene.

Soy el primer pez que camina; sigo la línea de una fantasía violenta. La autoconsciencia pulverizada en el pavimento. A mi alrededor fluye un río de epilepsia. Las líneas de velocidad se tensan en un punto de fuga.

 

There’s kerosene around: find something to do.

 

Me imagino un bólido. Alto y jorobado, ojeras del más allá, pálido como esperma de ahorcado. La gente me siente venir por la acera— una aguja de fonógrafo que hace ruido contra los escaparates, un motor de mala vibra. Me ven venir y se abren.

 

Set me on fire, kerosene.

Set me on fire, kerosene.

Set me on fire, kerosene.

Set me on fire, kerosene.

Set me on fire!

 

Este mundo es una impostura del grosor de una oblea.

 

 

Primer Golpe

 

Mi primer recuerdo es un golpe en la cara.  Hay una tonelada de arena y la radiación de un cielo infinito. El agua del mar en el aire es un olor absoluto, como chupar leche agria del pezón de una bruja que tararea un sonsonete. Dos gigantes me acompañan. Usan trajes de baño. Un gigante tiene curvas y es mullido, el otro es un garrote sombrío. Hay una toallita blanca de bordes rojos sobre la arena. Mi culo descansa en ella.

Los gigantes charlan de esto y aquello. Al carajo con esto, digo yo, aunque aún no entiendo un carajo, ni sé que es esto o aquello. Me levanto. Me largo. Lejos de ustedes. Doy unos pasos y recibo un golpe. El hijoputa me acaba de azotar con sus manos de agua salada. Sus manos son el infinito: están en todas partes, me están toqueteando, me agarran de esto y aquello. Me arrastran. Un grito viene de allá, de la arena. El agua salada me engulle entero. Oh, Dios. Qué es esto. Esto es Dios. Pensaba que todo era luz calientita pero qué es esta mierda. Por debajo de la sábana movediza hay otro infinito. Uno que no me conviene. Es frío como el metal de las cucharas. Mojado como la orina del gato. Oscuro como nada: nada era oscuro antes que esto. Qué horror sin fronteras. Es como el útero pero sin la línea salvavidas que va al ombligo. Es como el útero en la tumba.

Combato mientras me hundo. Logro ver al sol por un instante. Muy arriba. Traidor. Hijoputa. Me estoy hundiendo en la negrura. Se mete por mis agujeros. Haz algo.

El sol, podría jurarlo, suelta una risa desde lo alto. Una risa fría como el metal de las cucharas.

Un par de manos me sacan.

 

 

 

Eduardo Padilla (1976). Su libro más reciente es Hotel Hastings (Ediciones Cinosargo).

 

 

 


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