Iván Ortega. Círculos

 

Círculos

La muerte de Dios nos dejó muy preocupados. Después de la noticia, notamos que el cielo comenzaba a ser mucho más oscuro de noche y por el día casi no se veían nubes. Las nubes eran la cosa favorita de Lis. Me lo dijo cuando apenas comenzábamos a conocernos (“¿Qué es tu cosa favorita? La mía son las nubes.”), el mismo día que me dijo que de niña su mamá la llamaba “mi lapicito”, refiriéndose a la discreta cantidad de espacio que ocupaba. Teníamos que caminar durante mucho tiempo para poder encontrar una nube o un pedazo de firmamento que no estuviera vacío. Una mañana en la que el azul deprimente del cielo parecía reinar por encima de todas las cosas, la tomé de la mano y le pedí que me enseñara a manejar.

              Para las lecciones usábamos la pick up de su tío, un hermano de su mamá que vivía con ellas, los días que ella podía llevársela sin que él se diera cuenta. La primera vez ella llevaba una camisa blanca y una corbata vaquera con un pendiente plateado de mariposa. Ese día, mientras hablábamos sobre cómo por alguna razón en las entrevistas a Carey Mulligan siempre surgía el asunto de las lecciones de manejo, hizo un paréntesis para explicarme que, en golf, un Mulligan es una nueva oportunidad para repetir un tiro y corregir un error absurdo de cálculo. Después me contó que, en la comunidad religiosa en la que vivía de pequeña los domingos las monjas obligaban a las niñas a vestirse de blanco y, antes de entrar al comedor para tomar el desayuno comunal, las hacían girar lentamente, tomadas de las manos, en torno de un par de hermanas que interpretaban himnos con voz y guitarra, himnos que hablaban sobre el fuego del espíritu y sobre cómo la naturaleza era una canción, en una de las grandes salas con suelo de madera que la comunidad usaba raramente para otra cosa. Recordé que una mañana, el último año del instituto, la había visto bailar desde las escaleras de piedra que conducían hacia el así llamado “Jardín del Arte”. Ella estaba con su grupo de griego, ensayando “La danza de Zorba” para una muestra escolar que se llevaría a cabo dos semanas después. Yo me había escapado de mi clase de latín para poder verla, ya que me había prohibido acudir a su presentación final. Su suetercillo morado era distinguible desde la distancia. Tardó en descubrir que yo contemplaba la escena desde cierta distancia y, cuando lo hizo, perdió toda destreza corporal y terminó por provocar la caída de otras dos personas. En la camioneta, Lis me dijo que no estaba poniendo atención a lo que me explicaba. Le pregunté si recordaba que en febrero las jardineras del instituto estaban siempre llenas de hojas secas, y que era posible que si una persona caía en una pila su cuerpo se perdiera sepultado en un mar de hierba. Me dijo que ella había caído en una pila, en segundo año, durante una práctica para su clase de biología, en la que tenían que recolectar muestras de suelo de distintas partes de la escuela y que había tardado casi dos horas en poder escapar. Después de la lección de manejo estaba seria. Fuimos a comer y mientras traían nuestra orden le pregunté en qué pensaba. Ella no me respondió. En ese momento miraba absorta la televisión que estaba cercana a nuestra mesa. En ella pasaban aquellas imágenes que por entonces parecían ser la única programación existente: la grabación obtenida por una sonda, del cadáver de Dios flotando inerte en el espacio. En la televisión, citaron también aquellas palabras de un líder religioso, quien había traducido la abstracción de las cifras decimales oficiales a proporciones humanas: “la longitud de ese cuerpo es la que tendría un trayecto a pie que le llevara a un penitente toda su vida, a paso regular y firme, sin tomar ningún descanso”. Estas palabras las sabíamos ya de memoria. No había una sola persona que no las supiera. Eran parte del clima opresivo de entonces, producto tanto del hallazgo como de su cobertura mediática. Parecía ser realmente el final de algo pero no conseguíamos entender realmente de qué. Lis me dijo que la imagen del enorme cadáver de Dios orbitando lentamente y en silencio una estrella cercana, no la abandonaba desde el momento en el que había visto la noticia.

              A partir de la segunda lección comenzamos una dinámica que consistía en hacer preguntas y darle un billete de cincuenta pesos a la otra persona si lo que contestaba nos parecía agradable, aceptable, interesante o sensato. Durante todo ese verano, el mismo billete pasó de mis manos a sus manos mil veces. En una ocasión me preguntó si recordaba todas las variaciones sobre el chiste de la polilla, a lo que contesté que no, pero que la recordaba esa tarde en el departamento de su padre, usando una nariz de payaso y diciendo bobadas adorables en un micrófono desconectado. En otra ocasión le pregunté cuál era su momento favorito de la televisión y me dijo que esa entrevista de Gillian Jacobs con Craig Ferguson en la que ella contaba una anécdota de infancia en la que, durante un viaje en tren, un grupo de bandidos había saqueado todos los compartimientos y posteriormente se había descubierto que estaban coludidos con los trabajadores de la compañía ferroviaria. Cada vez parecía pensar menos en aquel cadáver trazando círculos en el vacío pues en su cara había cada vez menos angustia. Con el paso de las lecciones, terminó por descubrir mis miedos y limitaciones y a predecir la manera en la que yo reaccionaría a ciertos estímulos viales de modo que, durante una de las últimas lecciones, su adorable malicia la llevó a darme instrucciones que hicieron que terminara dando vueltas en una glorieta por una cantidad indeterminada de tiempo. Cuando conseguí escapar, ya había comenzado a oscurecer y, al voltear a verla, alzó sus cejas tanto como pudo sin decir nada, conteniendo la risa. Cuando la dejé en casa de su mamá, la luz había abandonado por completo la ciudad y esa misma noche, al volver a mi casa, decidí comenzar a trazar una versión personal de la Carte du Tendre que pudiera utilizar si un día me pierdo en medio de la absoluta oscuridad, para guiarme de regreso a aquel día en el que, en un patio lleno de macetas de plástico y arbolillos que crecían en cubetas de pintura, Lis puso a sonar en una grabadora una canción de Los fresones rebeldes y comenzó a interpretar el baile más ridículo y bello que jamás he presenciado.

 

 

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