Sergio Ernesto Ríos. Ignición & Negación

 

IGNICIÓN & NEGACIÓN

 

Para Julián que hace meses me preguntó por estos temas

 

No sé qué fue primero: la sensación de sentirme ajeno a la preparatoria o mi amigo nazi que había llegado de Texas y traducía en su libreta canciones en inglés. Esa suerte de transfiguración, de un idioma a otro, que anulaba una realidad para que apareciera otra, deformada, irrepresentable y falsa, me pareció magia. Tenía 15 o 16 años. Iba casi diario al cine de arte, “Lost Highway”, “Pizza, birra y faso” y “Bernie, nacido en el basurero”.  El examen final de literatura era escribir. Hice una especie de revista o libro con poemas y cuentos. Robaba palabras de un diccionario etimológico. ¿Por qué nadie usaba de nuevo “febrífugo” y “uxoricida” en una misma frase? Recorté dibujos de mis cuadernos: mujeres, monstruos, ojos, robots, naves, texturas triangulares, con ellos hice un collage para la portada. Lo engargolé con pastas transparentes. No había armonía en esa saturación. Incluso era grotesco. Escribí un par de engargolados más y se los di a una chica. Nada más ajeno a mí: ella era yoga, vegana y la más lista del salón, había crecido en un Áshram en la India, hablaba mejor inglés que español, nunca había cortado su cabello que se extendía en un chongo que le daba apariencia de alien con un hermoso rostro ascético, olía a leche cortada. Había en mis engargolados poemas de amor pero todo era imaginario; poemas a la patria, la muerte, el suicidio, pero todo era imaginario, también. Estaba leyendo la biografía del Che Guevara, Dostoyevski, Nietzsche, Freud y “Mi lucha”, por influencia de mi amigo.  No sé por qué le di los engargolados a la chica, quizá porque me parecía extraña y venida de otro planeta. Ella me empezó a prestar discos de jazz, Art Blakey y “The Giants of Jazz”. No recuerdo que platicáramos, nuestro nivel de timidez era patológico, o simplemente se trataba de ese enamoramiento bobo que siempre consigue engañarme. Duró un mes con mis engargolados, me dijo que quería mostrárselos a una amiga suya profesora. Escuché Moanin’ y repetí el bajeo en mi guitarra. Ella y yo estábamos en la misma clase de guitarra. Usaba la guitarra acústica de mi papá, pero realmente nunca me importó aprender el círculo de sol y “México lindo y querido”. Tenía una guitarra eléctrica y un amplificador de una distorsión bellísima ochentera. Nunca imaginé que hacía el mejor shoegazer de la ciudad. Hace casi 20 años que no toco mi guitarra eléctrica. No recuerdo qué me dijo la chica sobre mis engargolados. Creo que algo malo y yo fui malo con ella. A los 20 años me volví lo bastante críptico para que me aborrecieran o amaran. Que la gente quiera entender y habitar un bloque de palabras ficticias me parece un contrasentido. Amo la saturación y la mezcla caótica de lo que queda inconcluso, y el ruido. El poema es la transfiguración y la suma de efectos de qué lenguaje o rumor, no lo sé. Sospecho de toda producción escritural sin fermento ni limbo, sin tragedia ni derrumbe. El poema no necesita explicaciones, sino ser legítimo en su misterio. En esa adolescencia, en la remota nebulosa de los archivos de audio, en la sección de literatura, de la Enciclopedia Encarta escuché “Ranas” de Arturo Carrera. No había transcripción del poema. La voz de nosferatu de Arturito y un fondo de ranas pringlenses[1].

 

RANAS

 

En la invisible seguridad del que piensa estas ranas

en la noche del verano.

 

Son ranas que no pidieron

ningún rey de madera, como las de Esopo.

Son las ranas de Pringles ―¡las más asustadizas!

¡las más elocuentes!

 

Criaturas cuya música de vestigio pliega y amplifica

nuestra risa lejana. El rumor de las pasiones

que caben todavía en esta tierra oscura.

 

Sólo quería que recordaran ese coro,

esa línea dorada.

 

…ese tacto visual de relieve sombrío

que se lleva huidiza la arena de la memoria.

 

Y el recuerdo como único conocer, harto saber,

 

hastío de providencia

que va de un tiempo a otro

ceñido a la voz, a la energía momentánea

de la voz. Y así, su moderada métrica parece

nuestro titubeo,

nuestra salud.

 

Busco una memoria en la convicción de que las

huellas

que no miramos ni esperamos

son chispas a las luciérnagas mezcladas.

 

…ranas a las ranas oídas.

 

Acuerdo infinito con infinitas formas sin colores.

 

Y la misma laguna,

la misma duna clara: ¿libro?

 

el mínimo desplazamiento que no vemos todavía

 

dura,

 

en las palabras.

 

Quizá lo que quiero llamar poema es más bien un conjuro.

Muchos años después, luego de una temporada en la pampa en la que nunca me quité mi piyama y pasaba todo el día oyendo Sumo y Bob Marley, fui a la búsqueda de las ranas de Pringles. Nunca entendí ese pueblo fantasma. Pasé todo el tiempo en el hotel, una noche encontré abierto un local de maquinitas con ese juego del repartidor del periódico que era mi favorito en la primaria. Luego de ver mi pasaporte, el botones me recriminó que los mexicanos siempre bebemos cerveza caliente. No encontré a ninguna rana.

Eso confirmó todas mis teorías de que la escritura es lo único real.

 

 

 

Sergio Ernesto Ríos (Toluca, 1981). Publicó Quienquiera que seas (FOEM, 2015), Brazuca (Palacio de la fatalidad, 2015), Obras Cumbres (Bongobooks, 2014),  La czarigüeya escribe (Editorial Analfabeta, 2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Muerte del dandysmo a quemarropa (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012) y Mi nombre de guerra es albión (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010).

 

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=K0z0spbT3gA

 

 

 

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