Eduardo Padilla. Un foco de 10 Watts

Un foco de 10 Watts

 

Un delantal de carnicero suspendido en el aire de la barbería.

Un delantal de plástico negro

y brilloso—

el sueño de verano de un insecto

que pasea a su novia en un coche sin toldo.

 

“El pelón se ahorcó.

No lo ahorcaron, él se ahorcó solo.”

 

Arriba del delantal una boca de boxeador

cuenta una historia.

Una boca de boxeador molida a golpes

y embutida en un mapa de la República.

Un mapa de la República que se mantiene unido

con un cordel de cáñamo.

 

“Yo creía que ya me andaban matando.

Allá está solo y oscuro. Se me dejaron ir sin prender la torreta.

Nomás me encañonaron.

Qué traes.

Revísenme si quieren

pero déjenla en paz.

Claro que lo primero que hicieron

fue meterle mano.”

 

“Se les hace fácil”

dijo el barbero

con mi cabeza en sus manos.

 

“Como al hijo del frutero.”

“Cuál frutero.”

“Al que mataron hace un año.”

“Al hijo qué.”

“Lo mismo. Mismo lugar,

frente al mío.

Nomás se oyó a la moto dar el frenón. Luego

verga verga,

puro plomazo.

Me acerqué arrastrando a la cortina,

la cerré.

Que se maten entre ellos.”

“Y luego.”

“Me esperé a que acabaran y seguí chambeando.

Abrí hasta que fue hora de cerrar.”

“Fue distinto con el Patas”.

“Ey, esos sí respetan.

Con él llegaron así nomás,

como si yo llego aquí a hablar contigo.

Le dijeron: ya sabes a qué venimos. Vente con nosotros.

Y así, sin teatro,

se lo llevaron.

Amaneció tirado.”

“Andaba en malos pasos.”

“Andaba saltando la cuerda.”

“La cuerda del pelón.”

Los dos hombres rieron.

Yo también reí,

como cuando el doctor

te da en la rodilla

con el martillo.

 

La boca del boxeador

parecía la persona a cargo

de la proyección

de un cine en ruinas,

mal sentada

en una silla tambaleante

y resignada

a apretar botones

bajo una luz

verde mostaza.

 

El cuerpo enfundado

en el delantal negro

estaba sentado de espaldas

a un espejo sucio.

Frente a él había otro espejo sucio.

Así que detrás de esa boca de boxeador hablando de muertos

había otra boca de boxeador hablando de muertos,

y luego otra

y otra más.

 

“Ya tiene puras canas”

me dijo el barbero.

Tenía una forma de tocarme el cráneo

como si fuera yo un cerdo de carnicería

o como si estuviera él

maquilando un zapato.

Era veloz y preciso.

Frente a mis ojos los mechones de pelo blanco

iban cayendo

como ceniza.

Ceniza que viene de lejos.

De un volcán dormido.

De un campo de exterminio.

De la pipa de un ángel,

arrellanado en su nube.

 

 

 

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