Juan Carlos Vásquez – Reseña de Reseñas en un tweet

Sin título

Reseñas en un tweet
Luis Eduardo García
UAEM / grafógrafxs
Col. Pasavante

 

Pesa 1.9 megabytes, huele a computadora y, después de un rato con él, dan ganas de aventarse hacia cualquiera de los 40 libros reseñados. Así es Reseñas en un tweet, de Luis Eduardo García, un libro que anuncia cobre pero contiene oro, pues el título lo describe a medias: promete reseñas que son poemas.

Hace ya tiempo que el oficio del reseñista no goza de popularidad entre el público exigente; la reseña pide ecuanimidad y juicios de valor sustentados en algo más que el mero gusto o la intuición. En una palabra, se requiere objetividad (por más que la palabra suene ya a viejo). Para bien o para mal —según quien lo vea—, los comentarios críticos se han tornado alabanzas disfrazadas de rigor académico, invitaciones de lector conocedor a lector despistado que pretenden despertar el deseo por un trabajo que, de antemano, se sabe tendrá un dejo, por lo menos, de incertidumbre.

Las reseñas sinceras son un producto en extinción. Pero, ¿qué sucede cuando combinamos la aclamada objetividad con un posicionamiento abiertamente personal sobre el libro?, ¿y qué sucede cuando nos centramos en “el libro” y no en lo que contiene?

Una respuesta la podremos encontrar en este libro de Luis Eduardo García y en los libros reseñados, pues sus invitaciones parten de lo más objetivo: por ejemplo, el peso, expresado en gramos, en 39 de las 40 tweet-reseñas. Este detalle sirve también para apreciar la diversidad de libros que nutren este reseñario: el más liviano es de 34 gramos y el más pesado de 1183; entre ambos, diversos pesos: 96, 303, 225, 121, 469, 877, etc.

Obviamente, también podría catalogarse de objetivo el hecho de conocer si un libro cabe o no en la bolsa trasera del pantalón (lo subjetivo, quizá, sea la medida utilizada).

Hay más maneras de objetividad: el autor ha recurrido a la escala cromática de los colores para describir cada libro: “Es de color azul de Prusia”, “Es de color índigo, con algunos trazos de rojo vivo en la portada”. No obstante, a veces la precisión conduce a la incertidumbre: “La portada es de un color entre el amarillo cadmio y el amarillo cadmio medio”, “Es de un color café verdoso no identificado”, “La portada es de un color a caballo entre el azul rey y el azul de Persia”.

La incertidumbre se enfatiza cuando las apreciaciones más subjetivas emergen; en este momento, el texto abandona su naturaleza de contenedor de reseñas para convertirse en el poemario que realmente es, pero no deja de tener como punto de partida la supuesta objetividad, como la forma de los libros: “Tiene la forma de un pasaporte extraterrestre”, “Parece un pedazo de cielo de un planeta muy parecido a este”, “Se ve como un pedacito de fantasma”.

No solo la vista está presente, también se apela al sentido del olfato, con olores tan familiares —aunque extraños para referirse a un libro— para el lector: “Huele a ropa vieja”, “El papel huele ligeramente a vaca”. A veces, evoca olores que reconocemos pero que seguramente hemos olvidado, como el “papel pisado por gatos”, un “huevo relleno de confeti” o el olor de “las cajas de galletas en las que algunas personas guardan agujas e hilos”. También seduce con olores singulares jamás sentidos: “Huele a dulces guardados en un ataúd sin barnizar”, “Huele a fábrica de mondadientes”.

Como todo buen reseñista, Luis Eduardo García no olvida decir a sus lectores que la literatura no solo evoca; también provoca y se transforma. Los libros que reseña no están exentos de estas capacidades, pues provocan “antojo de pay de limón” o “ganas de abrazarlo” o “de morderlo”, y también “Dan ganas de golpear a alguien con él” o simplemente hacen “pensar en vacas pastando”.

También se transforman —“Es de color verde salvia, aunque se torna verde espuma de mar luego de recibir demasiada luz solar”, “Cuando cree que nadie lo ve se convierte en origami”— o tienen funciones complementarias: “Con veinte ejemplares sería posible construir una casa para un perro de pequeñas dimensiones”, “Podría funcionar perfectamente como urna funeraria”.

Autores contemporáneos o consagrados; mexicanos, latinoamericanos o universales; vivos o muertos; editoriales grandes, pequeñas, independientes; ediciones de hace 20 años o de hace dos transitan por Reseñas en un tweet.

Sobre todo, libros peligrosos, venenosos, capaces de sobrevivir a naufragios o que irradian energía extraña —que los vuelven peligrosos para estar a solas con ellos en un bosque— son los que desfilan por estas reseñas, que, dicho sea de paso, son piezas de la biografía intelectual de un bibliófilo o coleccionista de arte, pero también de un poeta que no puede evitar ver en el libro algo total, que depende del contenido y del continente, y que ha pensado que si reseñamos lo primero, por qué no hacerlo con lo restante.

Las reseñas de este poemario evocan olores, colores, sentimientos y temores; ponen a pensar, sacan sonrisas, carcajadas y suspiros; invitan a la lectura y a la contemplación del objeto.

Los poemas de este reseñario cumplen a cabalidad el objetivo que los impulsa: después de leerlo dan ganas de salir corriendo por alguno de los libros evocados, sobre todo por aquellos que tocarlos es “como acariciar a un animal extraño”.

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